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Servicios secretos: ¿en qué manos estamos?

El New York Times detecta graves agujeros en el Mosad, que no supo prevenir los ataques de Hamás del 7 de octubre, como la CIA tampoco vio venir el 11S ni el CNI los atentados de Madrid o Barcelona

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análisis

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El 11S vino a demostrar graves agujeros y carencias en los servicios de inteligencia norteamericanos, en la CIA y el FBI, que no supieron detectar los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Ahora, la misma chapuza organizativa se repite en el Mosad, el célebre espionaje israelí considerado el mejor del mundo pero que, paradójicamente, no ha sabido prevenir el terrible ataque sorpresa de Hamás y la Yihad Islámica Palestina perpetrado el 7 de octubre.

Casi dos meses después de la masacre que acabó con 1.400 personas (más cientos de secuestrados), y de la posterior represión de Netanyahu (que ha aplicado un ojo por ojo multiplicado por diez, cobrándose la vida de más de 10.000 palestinos) nos enteramos por el New York Times de que en el Mosad nadie hizo bien su trabajo. Las autoridades israelíes conocían los macabros planes de Hamás desde hacía al menos un año (si ellos lo sabían, la CIA también, ya que siempre trabajan en estrecha coordinación), pero no hicieron caso a las señales y advertencias. Lejos de tomarse en serio la amenaza, los responsables de la agencia descartaron un gran atentado porque lo consideraron demasiado complejo y complicado como para llevarse a cabo. Una vez más, la arrogancia occidental costó muy cara.

Los periodistas del Times, en un reportaje antológico, han rastreado documentos, correos electrónicos y entrevistas hasta llegar a la conclusión de que aquí hubo una grave negligencia policial y militar. Todo lo cual nos lleva a pensar que alguien de dentro de la casa está filtrando dosieres para que se sepa toda la verdad. A los prebostes del Mosad, acomodados burócratas como aquel Henry Kissinger que ayer pasó a mejor vida, no les pareció suficientemente alarmante un documento de más de 40 páginas, el plan Muro de Jericó, donde se hablaba de drones destruyendo cámaras de seguridad en la Frontera de Gaza, de milicianos rompiendo las barreras de contención y de guerrilleros en motocicleta y en parapente acribillando desde el cielo a víctimas inocentes que participaban en la fiesta de los Tabernáculos o Sucot. Por lo visto los mandamases y generalotes del espionaje judío revisaron el expediente y concluyeron que no había que darle credibilidad, no solo porque parecía el guion de una mala película de acción, sino porque, agárrense que vienen curvas, no había una fecha para la ejecución del atentado. Así funcionan los burócratas de la seguridad, no solo israelí, sino de todo el mundo. Tienen que decirles día, hora y lugar de una posible acción terrorista para que muevan el culo.

¿Y mientras tanto a qué se dedican? A todo menos a patear la calle para prevenir atentados. Están metidos en sus búnkeres de alta seguridad, rodeados de pantallas, ordenadores, cámaras, micrófonos y señales vía satélite, pero por lo visto todo ese pastizal de los contribuyentes empleado en tecnología de última generación y en IA no sirve para detener a un tronado con un cinturón de explosivos y un cuchillo jamonero gritando Alá es grande. Miles de funcionarios, policías y agentes secretos, toda una Torre de Babel tan prodigiosa y formidable como inservible, un mecano burocrático inmenso e inútil, no sirven para garantizar nuestra seguridad nacional. Esa es la terrible realidad. Y esto ocurre sencillamente porque no se puede controlar ni poner puertas al mar de miseria humana y odio que Occidente ha generado en el Tercer Mundo.

Eso sí, los supuestos 007 de las agencias de inteligencia, los James Bond de pacotilla, matan el tiempo en el gimnasio o haciendo seguimientos a gente que para ellos resulta muy peligrosa, como ocurría aquí, en España, en los peores años de la Policía patriótica entretenida en vigilar a la oposición política, la disidencia y el movimiento indepe. En los últimos días se ha conocido la declaración de la exsecretaria del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, ante el juez García-Castellón, que sigue rastreando el caso Villarejo y las cloacas del Estado. “Ahora mismo no lo recuerdo, se lo digo honradamente”, respondió la titubeante testigo cuando el magistrado le preguntó si estaba o no al tanto de los movimientos escabrosos contra el tesorero del partido, Luis Bárcenas, el hombre dispuesto a tirar de la manta de la corrupción en Génova 13. Patético el papelón de alguien que fue, nada más y nada menos, que ministra de Defensa. Si no se olió lo que estaba ocurriendo en el despacho de al lado, ¿para qué le pagábamos un sueldo astronómico? Y ni siquiera fue capaz de presentar una higiénica dimisión por todo aquel sindiós de los años del cachondeo gurteliano.

Nos creemos que estamos en las mejores manos, a salvo con gente profesional y bien formada en tácticas policiales de investigación, en historia de los grupos terroristas, en geoestrategia militar y psicología criminal forense. Y sin embargo, a la hora de la verdad, cuando les llega el soplo definitivo, la filtración del golpe de época, del Pearl Harbor perpetrado por los tercermundistas de hoy, hacen la vista gorda y los oídos sordos y se van al bar de la esquina o del kibutz más cercano a tomarse unas cañas.    

Ahora que el horror se ha consumado, a los israelíes solo les queda pedir explicaciones como en su día las exigieron los familiares de las víctimas del 11S, del 11M en Madrid, de la masacre de Barcelona y Cambrils y de tantos atentados terribles. Ahora es cuando se verá si Israel es o no una democracia plena y consolidada, como nos dice el portavoz del PP, Miguel Tellado, el hooligan de la “oposición serena”, y si se abre la pertinente comisión de investigación para depurar responsabilidades. Hay muchas preguntas por contestar, la primera de ellas si Benjamin Netanyahu, el carnicero mataniños de Gaza, estaba o no al corriente de la información que barajaban sus servicios de seguridad. Que empiecen por ahí, por encontrar a los responsables de la chapuza, y que dejen de masacrar inocentes en Palestina.

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