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Tan raros como los lectores

Santiago Aparicio
Santiago Aparicio
Doctor en Ciencias Políticas y Sociología. Contador de realidades. Guitarrista de rock en mis tiempos libres. Y cazador de doxósofos.
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análisis

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Nada más comenzar el texto ya deja claro Juan Manuel de Prada lo que quiere decir con ese “raro” del título: «Era el escritor genial que, sintiéndose rechazado por una sociedad filistea, adoptaba formas de vida e ideales radicalmente antiburgueses que lo convertían en un transgresor […] y el raro o maldito ante la marginación de la sociedad burguesa, respondía de forma desdeñosa, furibunda, blasfema o incluso satánica, según como le hubiese caído en el estómago la última botella de ajenjo». No todos los raros, ni las raras, que aparecen en el texto responden a esa imagen. Son raros por las peripecias de la vida no por una aceptación del malditismo, aunque sí son geniales en su mayoría.

Estamos ante el tercer volumen (tras Las máscaras del héroe y Desgarrados y excéntricos) del autor sobre un tema que es divertido por momentos o triste por el recuerdo de vidas destrozadas. En esta ocasión, más allá de los asiduos (Armando Buscarini, Alejandro Sawa, Pedro Luis de Gálvez…) en los libros y artículos de De Prada se presentan escritores que más que malditos son olvidados a pesar de su enorme calidad. Verdaderos malditos de prosa o verso excelso que han quedado en el recuerdo porque así se ha decidido en muchas ocasiones.

«Maldito no es hoy el autor que se complace en invocar a los demonios, sino el que se atreve a rezar a los santos; maldito no es el activista del desenfreno, sino el apóstol de la templanza; maldito no es el rapsoda chillón de la libertad, sino el juglar discreto de la tradición. Maldito, en fin, no es el niño pijo, autodestructivo y nihilista cuyos aspavientos aplaude el sistema, sino el artista que se atreve a llevar la subversión hasta donde el sistema empieza a echar espumarajos, como la niña de El exorcista: hasta el escarnio de su religión democrática, hasta la denuncia de sus vacuas naderías y pomposidades, hasta la execración de sus turbias ideologías, hasta el altar donde Dios se hace carne». Con esta declaración de intenciones pueden entender el porqué de la elección de unos u otras y el resultado es excelente.

Los perfiles biográficos que presenta De Prada son lo suficientemente breves para no agotar, pero lo suficientemente interesantes para animar, en más de un caso, a la lectura y recuperación (cuando es posible por aquello de las ediciones y las descatalogaciones) de muchos autores y un buen puñado de autoras. ¿Por qué hacer esta distinción sexual cuando la RAE recomienda otra cosa? Porque De Prada, santón patrio del tradicionalismo, se deshace en elogios, nada impostados, por numerosas escritoras casi olvidadas, por los otros y los suyos (es maravilloso el golpazo que da a los independentistas catalanes por el olvido de “sus” escritoras). Ahora ya es posible encontrar algún texto de Elisabeth Mulder (sí, es española) y disfrutar de una prosa y poesía increíbles. ¿La pueden encontrar en las académicas listas? No.

Enrique Álvarez es prácticamente un autor desconocido para la mayoría de popes literarios. Pese a ser contemporáneo parece no existir más allá de ciertos círculos literarios, pero De Prada le da el espacio suficiente para que el resto de mortales acudan a comprar sus textos(lean Marta, Marta recién publicado). Pareciera que el orondo (en sentido chestertoniano) escritor esté haciendo una especie de homenaje de muchos de aquellos a los que ha “robado” algo para este o aquel artículo o con los que se siente en deuda. En realidad eso es más que evidente con Léon Bloy y con… Leonardo Castellani.

Al escritor argentino y católico, son muchos los católicos que pasan por las páginas del libro (como algún rojeras, no se preocupen los izquierdistas que ahora adoran a De Prada), pero su preferido es Castellani. A él dedica cinco capítulos haciendo una semblanza hermosa y delicada. Una semblanza que le sirve para repartir un poco de estopa a los católicos pompier, a la jerarquía eclesiástica y a los jesuitas (estos casi que lo merecen mucho más). En general todo el libro sirve para criticar todo aquello que no le gusta a De Prada pero con Castellani se nota que se le cae la baba. Como ha reconocido en numerosas ocasiones, este autor le salvó en un momento de dudas espirituales y le devuelve el favor de la gracia.

Le ha faltado a De Prada algo en este texto, hablar de lo raros que son, en estos tiempos, los lectores (los de sus libros como éste mucho más). Almacenar en estantes, mesas, rincones y algún aparato electrónico millones de páginas de papel que han escrito otros no encaja bien con el presente. Los lectores que sufren lo que los japoneses catalogan como tsundoku son raros, tan raros como esos escritores que él presenta con maestría, y cada vez son menos. Una especie en extinción como el escritor que intenta mostrar sus valores en un libro de narrativa y que muestra en su esplendor De Prada en este libro.

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