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Voces que denunciaron el holocausto en su momento y nadie quiso escuchar

Clamaron en el desierto denunciando el Holocausto pero nadie quiso escucharles. Eran tan solo un puñado de hombres buenos frente a la barbarie imperante

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análisis

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Cuando han pasado ya casi ochenta años desde la liberación de los campos de concentración nazis por parte de los aliados y se puso al descubierto el exterminio de seis millones de judíos europeos, debemos informar que el Holocausto o la Shoah -en hebreo- fue denunciada en su momento por algunos hombres buenos a los que el mundo no quiso escuchar. Esta es su historia.

UN HEROE JUDEOPOLACO

Uno de los primeros que advirtió acerca de los hechos que estaban sucediendo en los territorios ocupados por los nazis fue el dirigente socialista judeopolaco Szmul Zygielbojm, quien, emigrado primero a Francia y después  a Bélgica, Holanda y el Reino Unido, huyendo de su país en 1940 después de la ocupación nazi de Polonia y conociendo de primera mano las primeras matanzas perpetradas contra los judíos, advirtió al mundo del horror que se avecinaba de forma inminente. Tanto en Bélgica como en Inglaterra, Zygielboim denunció el trato que los nazis daban a los judíos en los territorios polacos ocupados, algo que conocía de primera mano tras haber pasado por la capital polaca, Varsovia, brevemente, y donde trabajó en el Judenrat -el Consejo Judío-, siendo testigo de la construcción del gueto de la ciudad y de las primeras medidas antisemitas. 

Denunciando en varios medios la persecución de los judíos, bien desde los micrófonos de la BBC  como desde las líneas de The Telegraph, Zygielboim fue uno de los pocos líderes políticos que, desde las filas socialistas en las que militaba, informó a los aliados acerca de lo que estaba sucediendo en Polonia y el maltrato causado por los alemanes a los judíos, puestos en el punto de mira de una gran operación criminal destinada a borrar de la faz de la tierra a la “judería internacional”, en palabras del mismísimo Adolfo Hitler, proclamado para ser el Führer del Reich de los “mil años”.

Cuando estaba soportando la indiferencia y el sonoro silencio de los aliados ante sus denuncias bien documentadas, en abril de 1943, Zygielboim conoció de primera mano la violenta y brutal liquidación del gueto de Varsovia a manos de las fuerzas nazis, en las que perecieron sus hija Tuvia, de apenas 16 años, y su esposa, defunciones de las que también tuvo conocimiento, y, entonces, decidió poner fin a su vida, quizá como un punto y final simbólico a sus denuncias nunca escuchadas ni atendidas por nadie. Estaba en Londres, cansado y hastiado de repetir en todos los foros y lugares donde le querían escuchar que los judíos de Polonia estaban siendo masacrados por los nazis, y se despidió del mundo, a sus 48 años, de una forma definitiva al no recibir respuesta por parte de nadie ante sus constatadas denuncias.

EL INFORME DE LAS ORGANIZACIONES JUDIAS

El 17 de marzo de 1942, después de una entrevista con monseñor Bernardini, nuncio apostólico en Berna, varios representantes de la Agencia Judía, del Congreso Judío Mundial y de la Comunidad Suizo-Israelí, le remitieron al susodicho una carta en la que denunciaban varios episodios en los que se relataba la persecución y posterior exterminio de miles de judíos en Europa central y del Este.

En la misma se detallaba de forma concreta y prolija la ejecución de millones de judíos durante la puesta en práctica de la “solución final”. “Aparte del exterminio lento y constante por el sistema de gueto en toda Polonia, millares de judíos han sido ejecutados por las tropas alemanas en Polonia y en la zona rusa ocupada por Alemania”, se denunciaba en la carta.

En lo que respecta a Hungría, “18.000 judíos que se encontraban en este país (entre los cuales cierto numero  de judíos húngaros, los demás de otras nacionalidades) han sido expulsados por orden del gobierno y transportados en horrorosas condiciones a Galitzia oriental, donde entregados a las autoridades alemanas que los fusilaron a todos, con muy escasas excepciones”.

La misiva también denunciaba que en Rumania, con ayuda de los fascistas de la Guardia de Hierro y la complacencia, cuando no colaboración, de las autoridades, varios miles de judíos habían sido asesinados en varias ciudades de este país; “tuvieron lugar escenas terribles, particularmente en el matadero de Bucarest, donde la Guardia de Hierro arrastró a los judíos para sacrificarlos allí como si fuesen animales”.

La lista de lugares en los que se denunciaban matanzas incluía a Bucovina, donde unos 170.000 judíos fueron expulsados de sus casas y propiedades y casi todos exterminados o conducidos a campos de concentración en las peores condiciones; a Besarabia, en donde 92.000 judíos fueron pasados por las armas por las tropas rumanas con la ayuda de las fuerzas alemanas presentes en la zona; y, finalmente, a Croacia, donde los fascistas croatas aliados de los nazis deportaron a los 30.000 judíos de este país para posteriormente exterminarlos o emplearlos como mano de obra esclava, incluyendo mujeres y niños. Esta carta, dado el carácter jerárquico de la Iglesia católica, es más que seguro que llegara a la alta magistratura del Vaticano, incluido Pío XII, sin que nadaie hiciera nada para detener las matanzas, al menos tal como consta en los archivos alemanes y vaticanos.

LAS DENUNCIAS DEL EMBAJADOR MYRON C.TAYLOR

Apenas unos días después de estas denuncias, el embajador en misión especial del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, el empresario y diplomático Myron C. Taylor, escribió al Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Luigi Maglione, una nota muy explícita en la que denunciaba que “está a punto de efectuarse la liquidación del gueto de Varsovia. Todos los judíos sin distinción alguna, sea cual fuese su edad o sexo, son deportados del gueto por grupos y ejecutados”.

El diplomático aseguraba que “estas ejecuciones en masa no tienen lugar en Varsovia, sino en campos especialmente preparados para este fin, uno de los cuales se encuentra en Belzek. Unos 50.000 judíos han sido ejecutados en el mismo Lemberg, en el transcurso del pasado mes. Según otro informe, 100.000 han sido asesinados en Varsovia. Ya no queda ni un judío con vida en toda la región oriental de Polonia, incluida la Rusia ocupada”.

Siguiendo con su denuncia, el alto cargo diplomático norteamericano concluía que “los judíos deportados de Alemania, Bélgica, Holanda, Francia y Eslovaquia son enviados al exterminio, en tanto que los arios deportados son efectivamente utilizados en trabajos (forzados)”. También se denunciaba lo que estaba sucediendo en otras partes de Europa:”En el transcurso de estas últimas semanas se ha ejecutado ya a gran parte de la población judía deportada hacia Lituania y Lublin. Este es probablemente el motivo de que no se haya autorizado a los deportados mantener correspondencia con nadie”. Como en anteriores casos y denuncias, el Vaticano, más concretamente Pío XII, dio la callada por respuesta y las chimeneas de Auschwitz siguieron exhalando el humo de la muerte.

EL CASO DEL DIPLOMATICO ESPAÑOL CASIMIRO GRAZOW DE LA CERDA

Casimiro Granzow de la Cerda nació en Varsovia en 1895, de padre polaco y madre española, y fue un hombre donde los allá bien polifacético. A lo largo de su vida, fungió como diplomático antes del advenimiento de la Segunda República española en Varsovia, representando los intereses de España, cargo al que volvió en febrero de 1939, unos meses antes del ataque alemán a Polonia. Pero también se desempeñó como escritor, historiador -fue académico de la Real Academia de Historia- y empresario en la Argentina de la posguerra. 

El diplomático español fue testigo de lo que estaba ocurriendo en la capital polaca, más concretamente cuando se abrió el gueto de Varsovia, y así lo relata: “La vida en el gueto se hace, de día en día, más terrible. La mortalidad aumenta, los cadáveres yacen en las calles esperando turno para ser enterrados: se desarrollan escenas dantescas, y van llegando nuevos transportes de judíos procedentes de Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Rumania, Yugoslavia, Bulgaria y Grecia, sin contar con los de Austria, Italia y el ´Protectorado´…” También Granzow fue testigo de la liquidación del gueto de Varsovia por parte de los alemanes y del asesinato de casi todos sus moradores.

Según cuenta el escritor hispano-polaco, la mayor parte de los judíos del gueto fueron enviados al campo de concentración de Treblinka, donde serían gaseados sin contemplaciones nada más llegar tras un viaje terrorífico en transportes de ganado vía ferroviaria a través de la llanura polaca. “Pero, además, en los campos de exterminio a donde llegaban trenes de judíos, procedentes de todos los países de Europa ocupados por los alemanes, se les liquidaba sin tomarles la filiación; otros eran fusilados individualmente, y hasta en los campos de prisioneros de guerra, tales como en Lubeck, se instalaron guetos, con objeto de aislar a los soldados y oficiales de procedencia semita…”, señala el diplomático. 

Todos estos hechos, junto otros de suma crueldad por parte de los alemanes, fueron denunciados por Casimiro a su jefe en Berlín, el embajador español en la capital alemana, y nadie tampoco intervino por poner fin a los mismos, sobre todo teniendo en cuenta el grado de simpatía de la dictadura de Franco con el nazismo. También dejó constancia de todo ello en un libro desgarrador, El drama de Varsovia.

EL DIPLOMATICO POLACO QUE DOCUMENTO Y NARRO EL HOLOCAUSTO

También el político católico y conservador polaco Jan Karski, miembro de la resistencia polaca y delegado en el interior de Polonia de ese movimiento durante la ocupación nazi, entre 1939 y 1943, jugándose la vida y sirviendo de enlace entre el gobierno polaco en el exilio y los combatientes dentro del territorio ocupado, fue otro de los hombres que alzó su voz contra el nazismo. En 1940, Karski fue detenido, torturado y encarcelado por la Gestapo, cuyos torturadores le enviaron a un hospital, del que fue liberado más tarde por la resistencia polaca, y tras su paso por la cárcel, de nuevo poniendo su existencia en peligro, visitó el gueto de Varsovia, disfrazado de guardián ucraniano, y conociendo de primera mano el horror de ese gran recinto carcelario donde perecieron casi 400.000 personas.

En 1942, y como fruto de toda la documentación que había recogido y de su conocimiento en primera persona de los infortunios que padecían los judíos polacos, informó a los gobiernos polaco, británico y norteamericano, acerca de la la liquidación brutal del gueto de Varsovia y los planes puestos en marcha por los nazis para exterminar a los tres millones de polacos de origen hebreo, aportando a su denuncia un microfilm que había traído desde su país con informaciones procedentes de la clandestinidad sobre los abusos perpetrados -asesinatos en masa, sobre todo- por los alemanes durante la ocupación de Polonia. 

Como fruto de todo este trabajo de Karski y su labor de investigador del Holocausto ya en ciernes, el ministro de Asuntos Exteriores polaco en el exilio, el noble Edward Raczynski, hizo llegar a los aliados un memorándum donde se detallaban las atrocidades alemanes titulado “El exterminio masivo de judíos en Polonia bajo la ocupación alemana”, en un intento porque tanto británicos cono norteamericanos intervinieran en favor de los judíos, algo que no ocurrió, ya que las autoridades de ambos países juzgarían como argumentos “exagerados” de Karski el relato del ministro. 

Karski, incluso, se reunió en dos ocasiones con el presidente norteamericano de entonces, Franklin D.Roosevelt, el cardenal Samuel Stritch y el Secretario Británico de Exteriores, Anthony Eden, denunciando infructuosamente, de nuevo, los asesinatos en masa de los judíos de Polonia a manos de los nazis, pero tampoco le creyeron y desdeñaron sus informes en esos momentos, quizá cruciales para salvar millones de vidas, dejando manos libres a la maquinaría criminal alemana para llevar a cabo con precisión certera el Holocausto. Este diplomático polaco, que se exiliaría en Estados Unidos tras llegar al poder los comunistas en Polonia después de la segunda Guerra Mundial, en 1945, acabaría sus días como profesor universitario en la Universidad de Georgetown y no obtendría un reconocimiento público por su valiente papel en la denuncia del Holocausto hasta casi el final de sus días, en la década de los noventa del siglo pasado. Karski moriría, casi en el olvido, a las 86 años, en los Estados Unidos. 

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