Calleja da una lección a los terraplanistas

El viaje al espacio del aventurero de Cuatro fue un espectáculo televisivo de primer orden, pero no convencerá a los escépticos de que la Tierra es esférica

27 de Febrero de 2025
Actualizado a las 9:40h
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Jesús Calleja con los turistas espaciales a los que acompañó en su viaje al espacio.
Jesús Calleja con los turistas espaciales a los que acompañó en su viaje al espacio.

Sigue dando que hablar el viaje al espacio de Jesús Calleja. El intrépido aventurero de Cuatro se subió a uno de esos ascensores fálicos de Jeff Bezos, apretó los dientes y allá que se fue: hasta el infinito y más allá, como decía el gran Buzz Lightyear. En realidad, el salto espacial del bueno de Calleja tuvo poco que ver con la odisea casi mística del astronauta Bowman (el protagonista de 2001, peliculón de Kubrick) y quedó en un paseíllo espacial efímero, un visto y no visto entre anuncios de detergentes y productos de belleza. Así es el capitalismo salvaje que lo desmitifica todo, hasta la heroica conquista del universo.

Lo de Calleja ha sido un asomarse al balcón de la Tierra, un balcón muy alto que da mucho vértigo, eso es cierto, pero que no deja de ser un balcón. Con todo, al dinámico presentador se le ve como un niño con zapatos nuevos, extasiado con la experiencia espiritual, que es lo que cuenta, y lo más importante: sano y salvo. Porque viendo el solar abandonado donde esta gente de Bezos tiene montado su Cabo Cañaveral de quita y pon, el chamizo de centro de control que se gastan y la nave cutre, que es como aquel cacharro de El astronauta, la parodia producida por Pedro Masó sobre la SANA (la agencia espacial franquista de Minglanillas), por un momento temimos por la integridad de nuestro compañero.

Vivimos tiempos extraños en los que se banaliza todo, la política, el arte, el deporte y también la ciencia. Antaño, nuestra civilización enviaba humanos al espacio para avanzar en el conocimiento científico. Hoy mandamos a ricos aburridos de todo, excéntricos archimillonarios que no saben dónde gastarse la pasta, como si en este desgraciado planeta no hubiese causas nobles (como la lucha contra el hambre en el tercer mundo) en las que invertir el dinero. Pues entre estos oligarcas inmaduros de las nuevas estirpes financieras globales, todos ellos ávidos por montarse en el cochecito espacial, en la feria cósmica, se coló Calleja, un tipo simpático, divertido y buen comunicador que entre tanto magnate ocioso decidió aprovechar el momento y hacer un bien a la humanidad cada vez más atrapada en la burricie de las redes sociales: confirmar que la Tierra es, en efecto y tal como dicen los libros, esférica.

“A medida que vas ascendiendo hacia el espacio, la curvatura del planeta es abrumadora”, dijo confirmando lo que todos sabemos desde el parvulario. Fue toda una bofetada para esos que caen por miles en el terraplanismo más absurdo. En realidad, no debería hacer falta que un reportero se embarcara en un viaje de ese tipo para hacer entrar en razón a las masas desnortadas. La esfericidad de nuestro planeta se ha confirmado en reiterados experimentos científicos a lo largo de la historia desde que el viejo Eratóstenes, allá por el siglo tercero antes de Cristo, se propusiera demostrar que la Tierra no era plana. Sin medios técnicos de ningún tipo, más que una inteligencia preclara adelantada a su tiempo y su ingenio, el astrónomo griego midió el ángulo dejado por unas sombras proyectadas a la misma hora en dos ciudades situadas a 800 kilómetros de distancia, Asuán y Alejandría, comparó los datos y llegó a la conclusión de que si la Tierra fuese plana esas sombras obtenidas en ambos lugares deberían tener la misma forma, lo que no ocurría. Fue así como demostró que la circunferencia terrestre debía tener unos 40.000 kilómetros, metro arriba, metro abajo. Y la verdad es que el hombre lo clavó.

Con el paso de los siglos llegaron Giordano Bruno (a quien por cierto los fanáticos de antes quemaron en la hoguera), Copérnico y Galileo, más toda una legión de sabios y científicos que han confirmado la teoría esférica (incluidos los astrónomos del siglo XX, que contaron con aparatos cada vez más potentes y con los testimonios de Armstrong, Aldrin y Collins, pioneros en la Luna y testigos directos de la hermosa redondez terrestre). Hace un año, el último “Experimento Final”, patrocinado por un grupo de terraplanistas con el pastor Will Duffy a la cabeza, terminó con una loca expedición a la Antártida. Los animosos friquis de la nueva astronomía se gastaron una pasta en la expedición para demostrar que la Tierra es plana (que ya hay que ser tonto), pero terminaron viendo con sus propios ojos que allí, en verano, el Sol permanece visible durante las 24 horas del día, algo que solo puede ser debido a la esfericidad y al grado de inclinación del eje terrestre. Con las mismas, sorprendidos, abatidos y sin sentido alguno del ridículo, se volvieron para casa. Los que aún conservaban algo de raciocinio en la sesera abandonaron la descabellada paranoia terraplanista; otros, los más obtusos y tozudos (mayormente temerosos de perder el floreciente negocio de sus canales de desinformación en Youtube) siguieron con la matraca de que la Tierra es plana. Y hasta hoy. La mayoría sigue sosteniendo que si llegamos al borde del planeta nos caemos al vacío como hormigas ciegas e ignorantes, que la ciencia es producto del engaño de unas supuestas élites en la sombra y que las cartas de navegación aérea, que nos permiten llegar en avión de Madrid a Tokio con una exactitud espacial y temporal que asustan, están trucadas. Muy fuerte.

Llegados a este punto cabe preguntarse qué demonios hace uno dedicando un artículo al absurdo mundo terraplanista. Solo debatir el asunto nos reduce intelectualmente, rebajándonos a la altura de los friquis, pero todo sea por una buena causa. El programa de Calleja ha sido un extraordinario espectáculo televisivo y también un destello de pequeña ciencia para el gran público siempre tentado a caer en la fascinación de los charlatanes, esotéricos y paranormales. Que un gran comunicador seguido por millones de personas se haya atrevido a subirse ahí arriba para contar que nuestro planeta, el único hogar que tenemos, es empíricamente esférico, de un “azul eléctrico intensísimo” y suspendido en medio del espacio infinito y oscuro, frío y aterrador, tiene su mérito como noble intento de llevar algo de cordura y de conocimiento a la cada vez más analfabeta y manipulada opinión pública española. 

Nada servirá para convencer a los fanáticos (ya dijo Einstein que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio). De hecho, los foros terraplanistas (en general parte del extraño mundo ultra) ya han desplegado una de sus habituales campañas de desprestigio personal contra Calleja, alegando estupideces como que la ventanilla de la nave estaba trucada para que la Tierra pareciera redonda. Si los subieras al espacio uno a uno y vieran la línea curva del horizonte terrestre con sus propios ojos seguirían pensando que todo es un contubernio contra ellos, de ahí que estemos ante un trastorno. El intrépido Jesús ha dado una pequeña lección de buena astronomía en horario de prime time, lo cual es de agradecer. Ya lo han metido en la lista negra de vendidos a Bill Gates, a Soros y al complot judeomasónico mundial. Bienvenido al club, hermano.

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