José María Aznar, quién lo iba a decir, se está convirtiendo en el gran azote del movimiento Trumputin (así podríamos bautizar ya esa extraña alianza o liga entre autócratas contra el mundo libre formada por USA y Rusia, más algún que otro tonto útil, véase Milei). Cómo de mal estará el mundo que hasta Aznar, el caudillo posmoderno, parece un peligroso socialdemócrata cuando habla de Putin y Trump.
En las últimas horas, la mente pensante de FAES ha vuelto a arremeter contra el trumpismo putinista o el putinismo trumpista, que tanto monta, marcando perfil y línea editorial y dejando descolocado a Feijóo. El expresidente del Gobierno ha llamado a analizar en profundidad lo que está pasando y advierte: “Trump ha cambiado de aliados, sus aliados son los rusos”. Al tiempo que vaticina consecuencias “muy graves” para el mundo, porque todo ello “significa entregar Europa del Este a Rusia”.
La derecha española vive un momento esquizofrénico, casi kafkiano. Podría decirse que el nuevo desorden mundial llegado con Trumputin ha terminado por trasladarse al PP y también a Vox. Las contradicciones son tremendas. Los prebostes del Partido Popular están haciendo auténticos juegos malabares para desmarcarse de los nuevos dictadores sin romper con los ultras de Abascal, a quienes la Fiscalía investiga estos días por financiarse con un banco de Viktor Orbán, el infiltrado de Putin en la Unión Europea. Al mismo tiempo, en Vox las incoherencias son tan flagrantes que hasta nuestros agricultores y ganaderos se empiezan a plantear qué hacen ellos votando a un partido aliado de Trump, el hombre que quiere vender el campo español a los oligarcas rusos y que les está cosiendo a aranceles con los quesos, aceites y caldos de la tierra. Qué tipo de cateto económico imprevisible se habrá sentado en el trono de América –Trump ya admite abiertamente que sus políticas van a causar una gran recesión mundial–, que hasta Aznar ha entendido la locura en la que nos han instalado.
Es evidente que la historia le ha roto el guion a la derecha española. Hasta ahora, Feijóo seguía con el plan previsto, esto es, de cara a la galería, partido liberal y centrado, de puertas para adentro abrazando a sus socios ultras, los monaguillos trumpistas españoles cuyos aranceles prometen arruinar a media España. Ahora se está viendo que ir de la mano de los voxistas conduce inexorablemente al aislacionismo y a la miopía económica. Toda esta broma del trumpismo, querer dirigir la primera potencia mundial como si se tratase de una agencia inmobiliaria o una constructora de parques temáticos en países en guerra, tiene sus consecuencias nefastas. En primer lugar, que ya no hay huevos en los supermercados yanquis (cunde el desabastecimiento y el racionamiento) y los pocos que quedan son huevos de oro, o sea, que cuestan un ídem. Las Bolsas se hunden llevadas por el pánico a los aranceles y las multinacionales pagan con números rojos la guerra comercial, que empieza a ganar China estrechando lazos comerciales con la Unión Europea frente a la absurda hostilidad norteamericana. El Brexit a la americana (eso es, a fin de cuentas, lo que ha impulsado Trump, emanciparse suicidamente de la globalización desertando de los mercados y de las organizaciones supranacionales) lo van a pagar muy caro los norteamericanos y también los españoles. Todo ello lo sabe bien Feijóo, que empieza a constatar que Trumputin es mal negocio, mala imagen, una peste, y que todo aquel que se sume a esa causa corrosiva como la lluvia ácida está condenado a quemarse con ella más pronto que tarde.
Nos consta que en Vox se ha abierto un fuerte debate entre quienes reclaman una política autónoma desligada de Washington y los que apuestan por unir el futuro del proyecto al destino de MAGA (ahí estaría el jefe Abascal, que últimamente no se pierde un sarao en la Casa Blanca). Las dos almas, ultraliberales y neonazis, tratan de imponer sus tesis. Lo único cierto a esta hora es que el líder voxista está haciendo carrera personal con el trumpismo y quién sabe si al final no termina pillando algún carguete o mamandurria del Despacho Oval (desde luego, la oficina del castellano en Washington no, ya que el magnate neoyorquino ha decretado el racismo lingüístico y el inglés como único idioma oficial). Sin embargo, que él vaya para arriba no significa que el partido esté prosperando. Más bien al contrario. En cualquier momento, Trump decreta una deportación masiva de inmigrantes españoles, a los que identifica con musulmanes de Hamás, o los encierra en Guantánamo por sanchistas, y se le hunde el chiringuito a Abascal.
Todo este movimiento Trumputin no es más que puro racismo, y de eso sabemos mucho los españoles, que lo sufrimos cuando tuvimos que emigrar a Francia, Suiza y Alemania. Xenofobia y un desquiciado retorno a una economía autárquica y decimonónica imposible de ejecutar, entre otras cosas porque vivimos en un mundo globalizado en el que, si China estornuda, Occidente se agarra una gripe. A larga, Trumputin es pan para hoy y hambre para mañana, un lastre para cualquier partido español medianamente sensato, porque en este país no hay tanto imbécil como para tragarse que una ideología tóxica que trata a nuestros hermanos mexicanos como seres inferiores, y a los pobres ucranianos como cucarachas a exterminar, nos beneficiará en algo.
Los problemas le brotan como setas al PP. Vox se tensa al máximo. La cuerda a punto de romperse en las derechas ibéricas mientras dos de cada tres votantes rechazan la alianza Trumputin. Tratar de digerir todo este potaje ideológico no le va a resultar fácil a Feijóo. Y menos aún cuando hasta el mismísimo Aznar, desde su púlpito de la FAES, le está marcando el paso y el camino a seguir.