En los últimos años, la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes adultos se ha convertido en una de las principales preocupaciones sociales y sanitarias en España. La pandemia de COVID-19 actuó como catalizador de un fenómeno que venía gestándose desde antes: el aumento progresivo de trastornos como la ansiedad, la depresión o los trastornos de conducta alimentaria en las nuevas generaciones. A ello se suma un factor clave: el impacto de las redes sociales en la construcción de la identidad, la autoestima y las relaciones personales.
Un repunte alarmante de los problemas de salud mental
Según datos del Barómetro Juvenil 2023 de la Fundación FAD Juventud, el 57% de los jóvenes españoles afirma haber experimentado problemas de salud mental en el último año, siendo la ansiedad (49%) y la depresión (36%) los síntomas más frecuentes. Además, se ha observado un incremento preocupante en las autolesiones y las conductas suicidas: el suicidio es ya la primera causa de muerte no natural entre los menores de 29 años en España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE).
Las cifras reflejan una tendencia sostenida al alza. En los últimos cinco años, las consultas por salud mental en la infancia y adolescencia se han duplicado en muchas comunidades autónomas. La Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental ha advertido del “riesgo de colapso” en los servicios públicos, con una ratio media de un psiquiatra infantil por cada 100.000 menores, cuando la OMS recomienda al menos 3 por cada 100.000.
Redes sociales son un arma de doble filo
El uso masivo de redes sociales, especialmente entre adolescentes, ha generado un entorno donde la presión estética, la comparación constante y la necesidad de validación externa tienen efectos negativos sobre la salud mental. Instagram, TikTok y otras plataformas exponen a los jóvenes a modelos de éxito inalcanzables y a una cultura de inmediatez que dificulta la gestión emocional.
Diversos estudios vinculan el uso intensivo de redes sociales con un mayor riesgo de sufrir ansiedad, insatisfacción corporal y trastornos alimentarios. Además, la exposición constante a contenidos violentos, autolesivos o relacionados con el suicidio —que muchas veces circulan sin control— puede agravar cuadros preexistentes.
No obstante, las redes también pueden tener un papel positivo si se utilizan para fomentar la concienciación, el apoyo mutuo y el acceso a recursos de ayuda psicológica. La clave está en la educación digital y el acompañamiento por parte de familias y escuelas.
Una respuesta institucional aún insuficiente
Pese a la creciente visibilidad del problema, la respuesta institucional ha sido desigual y, en muchos casos, tardía. En 2021, el Gobierno central aprobó la Estrategia de Salud Mental 2022-2026, que contempla un plan de acción con 100 millones de euros y medidas como el refuerzo de psicólogos clínicos en Atención Primaria o la creación del teléfono 024 de atención a la conducta suicida.
No obstante, asociaciones profesionales y plataformas ciudadanas denuncian que la implementación real es lenta y los recursos siguen siendo escasos. Por ejemplo, en 2023 había comunidades autónomas con listas de espera de hasta 6 meses para la primera consulta de salud mental en menores. El sistema educativo, por su parte, carece de psicólogos escolares suficientes, lo que limita la detección precoz y el acompañamiento desde los centros.
Algunos territorios han iniciado planes propios, como Cataluña, que ha creado equipos específicos de atención a la salud mental infantojuvenil. La salud mental de los jóvenes no es solo un asunto sanitario, sino también social, educativo y cultural. Exige una respuesta coordinada entre administraciones, familias, escuelas, profesionales de la salud y, por supuesto, los propios jóvenes. La prevención, la detección precoz y la desestigmatización son claves para frenar esta emergencia silenciosa.
España necesita invertir de forma sostenida en salud mental pública, garantizar el acceso igualitario a la atención psicológica y promover un entorno digital más seguro.