Trump solo va donde hay dinero

Trump repite estrategia internacional, su primer viaje apunta a países ricos en petróleo, aliados autoritarios con los que mantiene fuertes vínculos económicos y personales

02 de Abril de 2025
Actualizado a las 12:59h
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Trump solo va a donde hay dinero

Donald Trump ha vuelto a dejar claro que su brújula exterior apunta siempre en la misma dirección: hacia el dinero. Arabia Saudí, Catar y Emiratos serán sus primeras escalas, como ya ocurrió en su anterior mandato, en busca de contratos y aliados financieros.

Un precedente marcado por el interés económico

Durante su primera presidencia, también fue Arabia Saudí el primer país extranjero que pisó como jefe de Estado. Aquel viaje de 2017 terminó con la firma de contratos por más de 110.000 millones de dólares en armas, y con una recepción digna de un monarca absoluto: bailes con espada, alfombra roja y un discurso lleno de halagos hacia el régimen saudí, mientras ignoraba por completo el historial de derechos humanos del reino. Los derechos de las mujeres, la persecución a disidentes, el papel de Riad en la guerra de Yemen y la brutalidad contra periodistas simplemente no entraron en la agenda. El interés era otro.

Un mapa global de intereses de marca

Esta lógica de priorizar las oportunidades económicas por encima de cualquier principio ha sido una constante en la política exterior de Trump. Durante su primer mandato, cultivó relaciones con varios países de liderazgo autoritario donde también había una conexión más directa: su marca. Turquía, por ejemplo, alberga las Trump Towers de Estambul, un proyecto de licencia de marca desarrollado en alianza con un empresario afín al presidente Erdoğan. En Azerbaiyán, la Trump Organization participó en la construcción de un hotel de lujo en Bakú, que nunca llegó a abrir sus puertas, pero estuvo rodeado de socios investigados por corrupción. Los vínculos empresariales no fueron obstáculo para que Trump mantuviera una buena relación con el régimen.

En Dubái y Abu Dhabi, los negocios florecieron a través de acuerdos con DAMAC Properties, con quienes desarrolló proyectos de lujo que incluyeron campos de golf y complejos residenciales. En estos lugares, el nombre Trump es sinónimo de exclusividad y opulencia, y sus lazos con las élites económicas locales son públicos y sólidos. Aunque en Arabia Saudí no hay una torre Trump como tal, miembros de la familia real y empresarios han gastado millones en propiedades y hoteles de la marca en Estados Unidos, y organizaron allí eventos oficiales mientras Trump ocupaba la Casa Blanca. En Israel, aunque no hay construcciones ligadas a su nombre, la afinidad política fue especialmente estrecha: Trump trasladó la embajada a Jerusalén, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán y se ganó el respaldo incondicional del gobierno de Netanyahu.

Uno de los episodios más comentados de su relación entre política y negocios fue el proyecto de la Torre Trump en Moscú. A pesar de que negó durante la campaña electoral de 2016 cualquier interés activo en Rusia, más tarde se comprobó que la Trump Organization mantuvo negociaciones con empresarios cercanos al Kremlin para construir allí una torre de lujo. El abogado de Trump, Michael Cohen, fue clave en estos contactos, que siguieron adelante incluso mientras Trump se dirigía a las urnas. Aunque el proyecto nunca se materializó, el solo hecho de que se gestionara en secreto durante la campaña presidencial generó escándalo e investigaciones oficiales.

El misterioso rescate del 666 de la Quinta Avenida

Otro caso llamativo fue el del edificio 666 de la Quinta Avenida en Nueva York, propiedad de la familia de Jared Kushner, y que se encontraba en una situación financiera delicada. El proyecto fue rescatado gracias a una millonaria inversión por parte de Brookfield Asset Management, un fondo que recibe inversiones de varios fondos soberanos extranjeros, incluido el de Catar. Aunque no hay pruebas concluyentes de dinero ruso en esa operación, el hecho de que fondos con intereses en Oriente Medio ayudaran a la familia presidencial levantó suspicacias sobre conflictos de interés.

Derechos humanos, ni en la agenda

Este tipo de alianzas no son solo comerciales. Trump ha demostrado en múltiples ocasiones que está dispuesto a blindar políticamente a sus socios financieros. Lo dejó claro tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi, descuartizado en el consulado saudí en Estambul por agentes del régimen. Pese a que los servicios de inteligencia estadounidenses concluyeron que el príncipe heredero Mohamed bin Salman tenía responsabilidad directa, Trump optó por proteger la relación. “Puede que lo supiera, puede que no… pero Arabia Saudí gasta mucho dinero en Estados Unidos”, dijo, justificando su inacción con la lógica de los negocios.

Una política sin brújula moral

Este tipo de declaraciones resumen la brújula moral de su política exterior: lo que importa no es la democracia ni los derechos humanos, sino la rentabilidad. Con Trump, Estados Unidos dejó de ejercer presión sobre los regímenes autoritarios y comenzó a verlos como aliados útiles, siempre y cuando estén dispuestos a invertir, comprar armas o construir torres con su nombre. El mundo no se divide entre dictaduras y democracias, sino entre buenos clientes y malos negocios.

Trump no oculta esta lógica. La abraza, la celebra, la convierte en estrategia. Y por eso no sorprende que su primer viaje sea nuevamente al corazón financiero del mundo árabe. Tampoco sorprende que ignore por completo países donde se libran batallas por la libertad o donde las democracias luchan por sostenerse. Porque si algo ha dejado claro una y otra vez, es que Trump solo va a donde hay dinero.

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