Las puertas giratorias funcionan a pleno rendimiento como en los tiempos de Franco

04 de Octubre de 2021
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Franco y su corte, en una imagen de archivo.

Acudo con interés a la presentación del libro Los ricos de Franco, del gran Mariano Sánchez Soler, un autor imprescindible al que hay que seguir de cerca y que en vista de cómo estaba el salón de actos goza de mucho gancho y tirón en Valencia. Es Mariano Sánchez un periodista de investigación de los de la vieja escuela (Diario16, Tiempo, El Periódico de Cataluña, Le Monde Diplomatique), un científico del periodismo que se ha puesto a escribir ensayo para enseñarnos a los españoles que la historia, nuestra historia reciente, no es solo un calendario de fechas y efemérides pasadas, sino que se puede enfocar e investigar como un gran reportaje, con hechos, con datos, con método hipotético-deductivo (tal como se hace cuando un reportero va tras la pista de un banquero chorizo). Mariano es el Sherlock Holmes de la historia de España y las querellas de los nietos de Franco no van a conseguir que siga dando paladas en la tierra del pasado hasta exhumar la verdad.

Ya nos deleitó con su inmenso trabajo La familia Franco S.A., un prodigio de historia novelada donde nos mostró que el franquismo fue, ante todo, una gran empresa privada fundada para esquilmar España. Pero es que en esta segunda entrega lo ha vuelto a bordar. En su libro Los ricos de Franco, que trata sobre aquellos personajes más o menos siniestros que pulularon por los pasillos del palacio de El Pardo para enriquecerse, Sánchez Soler nos habla de las cloacas del franquismo y confirma que desde el principio, desde el mismo día del Desfile de la Victoria, hubo un régimen económico corrupto, un nefasto sistema financiero que se ha perpetuado y ha llegado hasta nuestros días, tal como comprobamos hoy mismo con el exclusivón de los Pandora Papers, un escándalo mundial sobre superricos que no cumplen como deben con Hacienda y evaden sus cuartos a paraísos más o menos artificiales, que diría Baudelaire.

“Yo no opino. Yo cuento. Mis datos salen del anuario del Banco Central de 1975, de los registros mercantiles, de los registros de la propiedad inmobiliaria. Son datos objetivos, fuentes primarias. Es un trabajo de treinta años”, explica el veterano periodista guerrillero, concienzudo, tenaz y trallón. Lo que instauró Franco en 1939 fue sencillamente un sistema de robo con puertas giratorias que perdura hoy como demuestran estos datos: en las 25 empresas más importantes de España por facturación había 24 exministros, exprocuradores en Cortes y exdirectores generales de los gobiernos del tirano; entre las cincuenta compañías punteras no había ninguna sin un amigo, familiar o preboste enchufado del régimen en los despachos; y el 36 por ciento de los ministros franquistas ocuparon puestos relevantes en los consejos de administración de los grandes bancos. El propio dictador presumía en público, no sin sorna, de que cierto ministro había prosperado levantando el brazo fascistamente y vistiéndose de falangista. “Mirad a Manolo. Empezó de botones y ahora es archimillonario”. Franco era así, un manantial de riqueza para los que se acercaban a él; el camino, la verdad y la vida, parafraseando los textos bíblicos que el nacionalcatolicismo daba a tragar a los españolitos de entonces, como un mal ricino, en misa de doce.

Fue haciendo uso de un nepotismo a calzón quitado como el franquismo convenció al resto del mundo del “milagro económico español”, que en realidad nunca existió, ya que lo que había era “capitalismo de amiguetes” puro y duro, es decir, una pandilla de ladrones y asesinos que se lo guisaban y se lo comían para llevárselo crudo mientras el pueblo las pasaba canutas. Todo quedaba en casa, la riqueza del país se repartía entre cuatro golfos, y con la llegada de la supuesta democracia, ya muerto el Caudillo, su viuda, Carmen Polo, cobraba más que el presidente del Gobierno, o sea Felipe González. La prodigiosa maquinaria de afanar siguió perfectamente engrasada.

Hoy el edificio de las puertas giratorias ideado por Franco permanece intacto, fuerte, robusto. Ni los años de felipismo ni la derechona heredera de los métodos franquistas han querido acabar con aquello y hoy mismo nos desayunamos con el fichaje de Antonio Miguel Carmona, un presunto socialista, como vicepresidente de Iberdrola-España. El nombramiento no ha gustado a Unidas Podemos ni a esa pequeña parte utópica del socialismo que aún sueña con la imposible regeneración moral de este país. Relevante es la declaración del secretario de organización del PSOE, Santos Cerdán, quien asegura en Twitter que la noticia le parece “un mal mensaje que emiten ambos” (Carmona e Iberdrola), aunque ha matizado que no tiene “nada en contra” ni de la eléctrica ni del político madrileño. Otro sermón más para el desierto que no podrá evitar que políticos con escasa idea de cómo gestionar una gran empresa sigan recalando en los santuarios del Íbex 35.

En lo sustancial, en esencia, poco o nada ha cambiado en la piel de toro desde los oscuros tiempos de la dictadura. Los jueces siguen siendo elegidos a dedo por el poder; una España (la de Pablo Casado) se sigue apropiando de los símbolos nacionales (deslegitimando y recluyendo a la otra en el rincón de la historia); y los cargos políticos siguen entrando y saliendo de ese alegre tiovivo de riqueza y confort que es la puerta giratoria, gran invento de esta democracia ibérica de baja estofa. Hasta las cacerías que organizaba Franco para regalar cargos y poltronas continúan celebrándose por sus sucesores, como si nada, en la España de hoy. Mariano, colega, que sigas escribiendo tanto y tan bueno y desempolvando el pasado que no deja de ser nuestro más triste presente. Y gracias por firmarme el libro. Todo un detalle.

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