Guerra en las derechas españolas (I)

25 de Diciembre de 2021
Actualizado el 02 de julio de 2024
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La foto de Colón marcó el principio de la división de la derecha española.

Las aguas bajan revueltas en las derechas españolas. En el PP se ha declarado una lucha sin cuartel entre casadistas y ayusistas mientras Vox saca provecho de esa sangría tratando de captar el voto del conservador desencantado. Un fenómeno, el de la crisis interna en el PP, no puede desligarse de otro al que está íntimamente enlazado: el del auge de la extrema derecha en nuestro país por influencia de las ideas trumpistas importadas de Estados Unidos. Ambos episodios son dos caras de la misma moneda. Dos ramas de un mismo árbol.

Hasta hace solo tres años, el Partido Popular gobernaba imponiendo su ideario conservador y su régimen fuerte, omnipotente, total. No había más que echar un vistazo al mapa de España completamente teñido de azul para concluir que la derecha clásica y convencional le había ganado la batalla a la izquierda. Sin embargo, los múltiples e innumerables casos de corrupción que estallaron por todo el país, el procés de independencia en Cataluña que ciertos sectores reaccionarios atribuyeron a la tibieza y desidia de Mariano Rajoy, la victoriosa moción de censura interpuesta por Pedro Sánchez que desbancó a los populares del poder en 2018 y el cuestionado liderazgo de Pablo Casado, han ido erosionando al PP y fortaleciendo a Vox, el emergente partido ultranacionalista de Santiago Abascal que ha lanzado una opa hostil contra Génova 13, amenazando su hasta ahora intocable posición.

Tras la moción de censura socialista, Casado se hizo cargo de un partido debilitado, confuso y en franca decadencia. Ese momento debía marcar el punto de inflexión en la regeneración y resurrección del nuevo PP, pero el joven líder popular ha ido perdiendo, una tras otra, cada cita electoral que se ha convocado en España y la sensación de pesimismo y orfandad ha empezado a cundir no solo en la dirección nacional en Madrid, sino también en las agrupaciones territoriales. La formación de la gaviota tocó suelo en las elecciones de abril de 2019, donde se consumó una debacle sin precedentes. Casado obtuvo los peores resultados de la historia del partido, con 66 escaños, frente a los 137 obtenidos en 2016. Ni siquiera el incipiente Partido Popular aznarista de 1986, que cosechó 105 diputados, encajó una humillación tan dolorosa.

Fue tan contundente la última derrota en las urnas de Casado que el dirigente conservador se vio en la obligación de reconocer que el PP se encontraba en quiebra técnica, cuando no en bancarrota, por lo que se veía obligado a vender la lujosa sede de Génova 13 –símbolo y farallón del gran poder político y financiero en las últimas décadas–, para mudarse a otro domicilio más austero, barato y modesto. Colgar el cartel de “Se vende” a la gran casa popular (cuya reforma se había pagado con dinero negro, tal como ha sentenciado la Justicia) fue la constatación fehaciente de que el partido se encontraba tocado y hundido.

Al mismo tiempo, mientras el PP entraba en una grave crisis de identidad, Pedro Sánchez conseguía formar Gobierno, a duras penas, con ayuda de Unidas Podemos y otras fuerzas minoritarias. Y aunque muchos auguraban que ese consejo de ministros no duraría más de un año, hoy todo apunta a que Sánchez sigue fuerte y podrá agotar la legislatura hasta 2023, alargando la travesía en el desierto de los populares. ¿Qué podía haber hecho Casado para recuperar la confianza de su electorado perdido? Sin duda, haber entonado el mea culpa por tantos años de corrupción, haber pedido perdón a los españoles e iniciar un proceso real de reorganización y regeneración del partido. Sin embargo, contrariamente a lo que dictaba la lógica, el nuevo dirigente conservador se enfrascó en una desquiciada espiral de política trumpista y del “no” por sistema contra Sánchez donde todo valía, desde negarle al Gobierno el apoyo en la pandemia hasta bloquear la renovación de los altos cargos institucionales y del Poder Judicial (vulnerando lo establecido en la Constitución), pasando por el boicot a los 140.000 millones en ayudas y fondos covid de la UE para la recuperación de la economía española.

Ese viraje a la derecha abandonando el centro político se produjo ante el miedo de Casado de ser sorpasado por Vox. Desde los comicios de noviembre de 2019, cuando el partido de Abascal entró en el Congreso de los Diputados con 52 escaños y casi cuatro millones de votos, el dirigente popular se ha ido obsesionando con el complejo de “blando”, de “derechita cobarde” que le ha colgado el nuevo fascismo posmoderno, y ha creído necesario endurecer cada vez más su discurso para frenar la fuga de votos hacia la ultraderecha. Es como si a estas alturas Casado todavía no hubiese entendido que los votantes de Vox ya son fieles a Abascal y jamás retornarán al Partido Popular.

Es en ese contexto de crisis y decadencia cuando emerge la figura de Isabel Díaz Ayuso, una mujer que recurriendo a las técnicas populistas del nuevo trumpismo yanqui ha sabido encarnar mejor que Casado las esencias de la España ultra, racial, taurina, carpetovetónica, reaccionaria y hater contra Pedro Sánchez. Bajo el falso eslogan de “Comunismo o libertad” y una llamada al conservadurismo libertario que impone el individualismo más feroz sobre el concepto de lo público y el Estado de bienestar, Ayuso se ha convertido en un icono pop y allá donde va arrasa, como se ha demostrado en el reciente Congreso del PP andaluz, en el que se ha permitido darle consejos, como si se tratara de un disciplinado pupilo, a Juanma Moreno Bonilla. En realidad, Ayuso es un invento de laboratorio, una especie de androide creado por Miguel Ángel Rodríguez, exasesor de Aznar, un fichaje que Casado autorizó en la creencia de que, ganando Madrid tal como ocurrió en las elecciones del pasado 4 de mayo, tendría allanado el camino a la Moncloa.

Lamentablemente para el presidente del PP, la criatura de probeta ha superado las expectativas, ha atraído muchos más fans de los que cabía suponer y ha terminado revolviéndose contra su creador. La comparación de Ayuso con un verso suelto que ya no atiende a razones ni a normas establecidas por otros no es desafortunada, pero quizá la metáfora más acertada para explicar lo que está ocurriendo en el PP habría que buscarla en el mito de Pigmalión, aquel escultor de la antigua Grecia que terminó enamorándose de una de sus esculturas, Galatea, hasta el punto de que la trataba como si fuese una mujer real. En este caso el “enamoramiento político” de Casado hacia su fiel escudera y amiga se ha convertido en una trampa mortal, ya que la muchacha le ha salido ambiciosa y sueña con llegar a ser la presidenta de España algún día, algo que lógicamente choca contra los intereses y los planes del jefe. El concepto naíf de libertad que ha fabricado Ayuso –esa falsa idea de que solo existen derechos y no obligaciones y que la vida es una soleada y permanente terraza repleta de cañas y tapas–, ha terminado por convertirse en un fenómeno sociológico tan arrollador que ha dejado viejo el casadismo en apenas cuatro días.

La gran tragedia para el líder del PP es que ha pasado a ser la viva imagen de la derrota frente al fresco y juvenil retrato de la victoria encarnado por la presidenta castiza. Nadie puede luchar contra ese vendaval, que es en lo que se ha convertido la dirigente madrileña. En Génova 13 cada vez son más las voces que apuestan por que Ayuso tome el relevo en la jefatura del partido y que lo haga cuanto antes, ya que esa maniobra política, ese gambito de dama, podría darle un triunfo súbito a los populares incluso en las próximas elecciones de 2023. Pocos dudan ya de que el efecto Ayuso podría ser la clave para derrotar al sanchismo, eclipsar el auge de la extrema derecha de Vox, sacar al partido de su crisis monumental y llevarlo en volandas al poder. Y en esa lucha intestina está inmerso el PP, casadistas versus ayusistas, que no es exactamente una pugna ideológica (en el fondo no hay grandes diferencias entre lo que proponen Casado y Ayuso y su forma de entender España) sino una simple disputa por el poder.

Guerra total y sin cuartel

El casus belli estalló cuando Díaz Ayuso reclamó un congreso regional que revalidara su liderazgo como presidenta local del PP antes de marzo y la directiva nacional le paró los pies alegando que era mejor aplazarlo sin fecha al primer semestre del próximo año (mayo o incluso junio). Fue ahí donde se desenvainaron las espadas, aunque es cierto que llovía sobre mojado. En octubre, Ayuso anunció un viaje a Estados Unidos coincidiendo con la convención nacional del PP de Valencia, una puesta en escena perfectamente diseñada para que Casado pudiera darse un baño de masas y revelarse como el líder indiscutible de las derechas españolas. La presidenta de Madrid estuvo a punto de cruzar su particular Rubicón, pero a última hora decidió acortar su tour norteamericano (en el que incluso se dejó retratar practicando running frente a la Casa Blanca) para no soliviantar a su superior. De cualquier modo, las tensiones estaban servidas. Llegado el momento de la convención en la plaza de toros de la capital del Turia, la presidenta madrileña volvió a ser la estrella de la fiesta, fue unánimemente aplaudida, acaparó titulares y minutos en los telediarios y terminó por eclipsar a Casado. “Hoy te quiero decir, Pablo, delante de tu mujer y de la gente, que tengo meridianamente claro dónde está mi sitio. Y sé que mi sitio es Madrid”, dijo proponiendo una especie de tregua pública entre los vítores de los asistentes a la convención. En realidad, todo era simple postureo, como se iba a comprobar días después.

Lejos de apaciguarse los ánimos, la guerra se ha recrudecido en los últimos tiempos. Casado ha tratado de poner freno al fenómeno Ayuso (una vez más cunde el miedo a que la figura política de la lideresa crezca demasiado) mientras la presidenta de Madrid no ha dejado de exigir su consagración como gran baronesa regional cuanto antes. El primer movimiento de la directiva nacional fue promocionar al alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, como candidato alternativo a Ayuso. Todo un ariete contra la delfina emergente. El edil quedó para almorzar con la presidenta y llegó a ofrecerle una lista de unidad de cara al próximo congreso regional, en el que ninguno sería presidente, dejando la puerta abierta a una tercera vía. No obstante, la propuesta fue de inmediato rechazada por Ayuso y la prensa aireó una supuesta declaración privada en la que Martínez-Almeida llegaba a asegurar que su rival no podía liderar el proyecto popular. El escándalo fue monumental y el propio Almeida se apresuró a negar “tajantemente” haber dicho tal cosa.

El enroque de la dama y su negativa a aceptar una tercera vía llevó al regidor a mantener una ambigua posición política y a no confirmar ni a desmentir si estaba dispuesto a disputarle el puesto a la presidenta de la Comunidad de Madrid. “Eso alimentaría un debate que creo que no nos beneficia ni desde el punto de vista interno ni externo”, dijo tratando de rebajar el suflé.

A partir de ahí se precipitan los acontecimientos y la guerra se agudiza. De alguna manera, la posición conciliadora del alcalde no sirvió para apaciguar los ánimos, ya demasiado encendidos. La semilla de la discordia estaba plantada y las rencillas entre ambos bandos fueron cada vez más explícitas, cada vez más frecuentes y cada vez más cruentas.

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