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Malthus y la paradoja de la innovación

29 de Noviembre de 2023
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Hace un millón de años se dio un evento que lo cambiaría todo. Por primera vez en más de cuatro mil millones de años de historia de la vida, un ser vivo fue capaz de liberar y utilizar de forma consciente la energía almacenada en la madera. El ser humano acababa de descubrir el fuego.

La combustión de la madera ha sido, en la mayor parte de nuestra existencia, la única fuente de energía que nos proporcionó cobijo, protección frente a los depredadores y la capacidad de cocinar nuestros alimentos, posibilitando el desarrollo de nuestra especie y posterior civilización. Históricamente, el consumo de leña por parte de la humanidad no era extraordinariamente elevado, pero todo eso cambió a medida que la civilización fue creciendo y desarrollándose, entrando paulatinamente en la era industrial.

La creciente demanda de madera para la producción de carbón vegetal y hierro en occidente acabó generando una desforestación sin precedentes. Simplemente, los árboles no eran capaces de crecer al mismo ritmo a los que se los talaba. Ello dio pie a una de las mayores crisis energéticas y ecológicas de la historia europea, y particularmente la inglesa: la conocida como crisis de la madera.

Fue en este contexto cuando, a principios del siglo XIX, el famoso profesor, economista, demógrafo, escritor y sacerdote (sí, su trayectoria fue de lo más extensa) Thomas Malthus publicó Ensayo sobre el principio de la población. En dicho ensayo se planteaba una idea bastante sencilla. Mientras que la población crece de forma exponencial, los recursos naturales no lo hacen, por lo que una sociedad en crecimiento estará siempre condenada a sucumbir frente a la paulatina falta de recursos.

¿Sencillo, vedad?

Esta teoría es tan intuitiva y fácil de explicar que, durante años, ha servido de base para una extensa variedad de movimientos políticos, ecologistas y sociales que defienden como única alternativa de futuro la limitación y disminución de nuestra población, economía y progreso; un concepto más ampliamente conocido como decrecionismo.

No obstante, dese el siglo XIX hasta ahora, la población y la demanda energética mundial se ha disparado, y con ella también lo ha hecho la calidad de vida de miles de millones de personas. Y, como tú mismo habrás comprobado, dicho apogeo de la civilización no ha erradicado los bosques de todo nuestro planeta, a pesar de que nuestra demanda energética actual es tan alta que ni siquiera podría haberse abastecido cometiendo tal barbaridad. Incluso en algunos lugares, como por ejemplo Europa y Gran Bretaña, el proceso ha sido todo el contrario, experimentado un notable crecimiento forestal desde el siglo XIX.

Superficie forestal de Europa continental y las islas británicas. Como se puede apreciar, estos lugares han experimentado un reverdecimiento con el paso del tiempo. Fuente: https://ecosiglos.com/europa-hoy-mas-verde-que-hace-100-anos/

¿Cómo se explica esto?

La paradoja de la innovación

Malthus y sus seguidores decrecionistas infravaloran uno de los rasgos más distintivos del ser humano: su extraordinaria capacidad para innovar.

La leña, piedra angular de la civilización clásica, fue rápidamente substituida por un nuevo combustible, mucho más poderoso y abundante: el carbón mineral. Este recurso fósil posibilitó que la sociedad experimentara un crecimiento económico e industrial sin precedentes, asentando las bases en las que se sustenta la civilización contemporánea.

Pero esta evolución energética no se limitó a la leña y el carbón. A medida que nuestros conocimientos y tecnología avanzaron, fuimos capaces de controlar una variedad más amplia de recursos energéticos. De la madera al carbón, del carbón al petróleo, del petróleo al gas y, con la llegada de la era atómica, finalmente del gas al uranio. Si nos fijamos, la evolución de dichos recursos energéticos sigue un claro patrón, la densidad energética de cada nuevo combustible es superior al anterior.

Por ejemplo, la cantidad de carbón que se requiere para cubrir las necesidades eléctricas de un ciudadano europeo promedio a lo largo toda de su vida es aproximadamente de 88 toneladas (algo así como un vagón de metro lleno hasta arriba de carbón), mientras que la cantidad de combustible nuclear necesario para el mismo cometido seria aproximadamente de 1 kilogramo (algo así como un huevo de gallina).

Cantidad de combustible nuclear vs carbón necesarios para abastecer las necesidades energéticas de un ciudadano europeo durante toda su vida. Fuente: https://www.iaea.org/es/newscenter/news/energia-nuclear-una-comparacion

De este modo, se fueron desbloqueando recursos que antes simplemente no se contemplaban. Por ejemplo, en el pasado, el petróleo no era más que una mera curiosidad, el gas natural se consideraba un residuo que se desechaba y los minerales del uranio, unas engorrosas piedras que dificultaban la extracción de la plata.

La revolución energética que permitió el ascenso vertiginoso de nuestra civilización fue gracias al descubrimiento y explotación de nuevos recursos energéticos. Fuente: https://ourworldindata.org/grapher/global-energy-substitution

Y no pienses que esto es solo cosa del pasado: en la actualidad, por ejemplo, tratamos como residuos el combustible nuclear que hemos utilizado en las centrales, cuando la mayor parte de éste (»95%) sigue siendo uranio y plutonio útil para producción de nuevo combustible nuclear, al igual que los millones de toneladas de uranio empobrecido y torio que tenemos actualmente en almacenes, acumulando polvo. Con estos recursos podríamos generar suficiente energía como para alimentar nuestra civilización durante miles de años, sin emisiones. Solo hace falta que nos decidamos a comercializar la tecnología nuclear necesaria.

Pero, por si esto no fuera suficiente, además nos queda la fusión, fuente de energía que, aunque sigue siendo tecnológicamente lejana, tiene el potencial de subministrar ingentes cantidades de energía con unos recursos (deuterio y litio) que son virtualmente ilimitados.

Definitivamente, nuestro planeta no es escaso en recursos energéticos. Simplemente hemos de ser capaces de identificarlos y utilizarlos de la forma adecuada.

Una cuestión moral

Mas allá de las razones “técnicas y científicas”, existe una dimensión moral por la que, al menos en mi humilde opinión, el decrecionismo resulta irrealizable y, por encima de todo, inhumano.

Pensar que nuestra sociedad estará dispuesta a renunciar a su actual nivel de vida para preservar el medioambiente es una fantasía. Está en la misma naturaleza humana aspirar siempre a algo mejor; detener el progreso, disminuir nuestro bienestar y limitar la natalidad es un sacrificio que simplemente no se va a dar, no al menos de forma voluntaria.

Pero, por encima de todo esto, existe una razón aún más importante. Estamos tan acostumbrados a nuestro nivel de vida que, rápidamente, nos olvidamos de que no todo el mundo cuenta con nuestros privilegios. La realidad es que, lejos de dicha utopía, existen continentes enteros en los que el hambre, la sed y el frio son presentes en el día a día.

Como civilización tecnológicamente avanzada, no podemos limitarnos solamente a reducir nuestras emisiones. Es nuestro deber moral trabajar para que dichas poblaciones desfavorecidas puedan alcanzar un nivel de vida digno, y todo ello sin destrozar nuestro planeta en el camino.

En definitiva, el reto que se nos plantea es seguramente uno de los mayores a los que se ha enfrentado nuestra especie. No obstante, no dudo ni por un segundo que lo lograremos con determinación, ingenio y mucha, muchísima más energía.

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