El desprecio del PP por las clases humildes y el feroz cainismo de Podemos

11 de Enero de 2024
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Las ministras en funciones de Sumar, Ione Belarra e Irene Montero con Alberto Garzón

Los decretos anticrisis y de subsidio por desempleo estaban pensados para llevar algo de alivio a los que menos tienen. Imaginemos, por ejemplo, una persona en paro que vive de la ayuda de 480 euros. El decreto que ayer tumbó Podemos le aumentaba esa cantidad hasta los 570, es decir, 90 euros más. Si tenemos en cuenta que la persona en cuestión puede beneficiarse de otras ayudas, como la prórroga del bono energético (40 euros mínimos) y la gratuidad del transporte público (pongamos por caso 50 euros), convendremos en que sus ingresos se incrementan sensiblemente en 180 euros más al mes. Es evidente que ese hombre o esa mujer, tenga hijos o no a su cargo, no saldrá de pobre solo porque el Gobierno lo subvencione con una cantidad que a todo aquel que disfrute de una posición económica cómoda le parecerá simple calderilla, migajas, el chocolate del loro. Pero, sin duda, el complemento, bien administrado y sin despilfarros, será un balón de oxígeno que ayudará al desempleado o desempleada a esquivar la indigencia por lo menos mientras encuentra trabajo.

Que la derechona de este país desprecie ese importante escudo social entraba dentro de los cálculos. PP y Vox (también Junts, el ala conservadora catalana) son partidos clasistas que están en política para defender el libre mercado sin control y sin ningún tipo de intervencionismo estatal. Todos ellos son privatizadores, elitistas, ultraliberales, alérgicos a la socialdemocracia y al Estado de bienestar. Por eso ayer populares y voxistas dijeron no a todo, tal como estaba previsto, mientras la formación de Carles Puigdemont se abstuvo solo porque estaba en juego la amnistía. Votar en contra de los tres decretos del Gobierno (el de anticrisis, el de subsidios y el ómnibus sobre Justicia y fondos europeos) hubiese sido tanto como declararle la guerra a Sánchez y jugarse el futuro perdón generalizado a los cientos de encausados por el procés independentista. Los siete diputados posconvergentes apretaron las clavijas al presidente del Gobierno hasta el final y todo lo que pudieron, y aunque el cuerpo les pedía rechazar el escudo social (lo llevan en los genes como representantes de la alta burguesía de Canaletas), finalmente transigieron con él a cambio del traspaso de una serie de competencias como la inmigración, la publicación de las balanzas fiscales para reclamar la deuda histórica junto a un nuevo modelo de financiación, la abolición de la reforma Rajoy que permitió a las grandes empresas ubicar su sede corporativa fuera de Cataluña y la retirada del artículo de la Ley de Enjuiciamiento Civil que no les gustaba porque, según ellos, ponía en riesgo la amnistía.

Toda esa miseria reaccionaria y supremacista que siempre vota en contra de los intereses de las clases más humildes la conocemos bien. Recordamos perfectamente cuando Abascal y su gente ultra definieron como “paguita”, con sumo desprecio, las ayudas necesarias para los más vulnerables. Tenemos bien fresco en la memoria cuando Ayuso calificó de “mantenidos subvencionados” a los que acuden cada día a las colas del hambre. Y todo para engatusar a esos obreretes que se creen grandes empresarios solo porque cotizan en autónomos (régimen de fontaneros, camioneros y electricistas) y a esos trabajadores tan nazificados como desclasados que han optado por envolverse en la bandera de España y llamar hijo de fruta a Pedro Sánchez, a las puertas de Ferraz, en lugar de echarse a la calle para defender sus derechos laborales contra los abusos del gran capital.

De alguna manera, el PP tiene por costumbre posicionarse en contra de cada medida que tenga que ver con rescatar personas en medio de una crisis (cuestión diferente es rescatar bancos, para eso siempre están dispuestos). Pero que un partido como Podemos supuestamente nacido para defender a los invisibles y marginados se sitúe junto a la extrema derecha, votando no al subsidio para desempleados y sustrayéndole una subida a más de 730.000 personas que esperaban como agua de mayo ese incentivo, resulta desolador y hace perder la confianza en el ser humano. Esos que ahora viven como una nueva casta de marqueses en los casoplones de Galapagar, gracias a la política, deben pensar sin duda que noventa euros es una cantidad insignificante, una menudencia, una mierda. Pero noventa euros llenan la nevera de una familia una semana más. Noventa euros pueden ser la consulta del dentista del niño. Noventa euros son dos depósitos de gasolina para seguir buscándose la vida en el salvaje mercado laboral español. Por desgracia, en Podemos, sumergidos como están en su particular juego de tronos contra Yolanda Díaz, se han olvidado muy pronto de lo que es la calle, el día a día de la gente, la vida real.

Lo que hicieron ayer Belarra y Montero, a las órdenes del gran gurú en la sombra Pablo Iglesias, fue una auténtica vergüenza que tendrán que explicar detalladamente a los inscritos y las inscritas, ese extraño concepto modernete inventado por el mundo podemita para referirse a lo que en la izquierda clásica siempre se conoció como la militancia. Nunca entendimos muy bien por qué Podemos denomina como inscritos a las bases, como si se tratara de un cuerpo de funcionarios, burócratas o grises chupatintas de oficina que se limitan a dar luz verde, sumisamente, a las decisiones que va planteando el buró. Sin embargo, esta vez lo tendrán complicado Pili y Mili, o sea el dúo de díscolas podemitas, para convencer a su gente de que escamotearle 90 euros a un parado, tal como hace la derechona, es una medida social, avanzada y progresista. O mucho nos equivocamos, o en las próximas elecciones, ya sean las gallegas o las europeas, pagarán cara la infantiloide vendetta contra Yolanda Díaz quien, derrotada por una puñalada trapera de quienes se dicen de izquierdas, ya se ha puesto manos a la obra con sindicatos y patronal para sacar adelante su decreto de subsidios por otros medios (más una nueva subida del salario mínimo interprofesional). Qué diferencia entre la tenacidad y la capacidad de trabajo de unas y el afán cainita, revanchista y destructivo de otras.

El debate de ayer en el Parlamento resultó altamente revelador. Sirvió para que el votante sincero consigo mismo, no aquel al que la derecha ya le ha comido el coco con el patrioterismo barato, empiece a tomar conciencia de lo que vota y de dónde está cada cual. Feijóo y Abascalsiguen donde siempre: al lado del patrón. Podemos, por lo visto anoche, también. El harakiri podemita ha dejado de ser una tragedia política de nuestro tiempo para convertirse en una mala comedia de enredo. Una patética farsa o parodia tan triste como insostenible.  

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