Un país sin inmigración está condenado a la ruina. Todos los informes de organismos públicos y privados apuntan en la misma dirección: sin inmigrantes (tal como propone la extrema derecha) los diferentes sectores productivos quedarían desabastecidos. Un colapso total de la economía. El campo en quiebra, las empresas de mensajería en quiebra, la asistencia social y la hostelería también en quiebra. Todo el edificio de la sociedad se vendría abajo probablemente en menos de un año.
La Sanidad es un buen ejemplo. Nuestros hospitales se paralizarían sin trabajadores extranjeros. Así lo ha comprobado Sin ellos, la serie de reportajes que está emitiendo La Sexta para poner en valor la importancia de las personas llegadas de fuera de nuestras fronteras. Los hospitales y ambulatorios necesitan personal, ya que hay cientos de puestos vacantes y sin cubrir. Se cree que en España faltan más de 5.800 médicos y 100.000 enfermeros para alcanzar la media europea.
Sin inmigrantes España ya habría colapsado económicamente. Y no solo porque la industria y los servicios, así como el sector primario, no dispondrían de trabajadores suficientes para hacer frente a la producción, sino porque las cotizaciones a la Seguridad Social se habrían desplomado, así como el sistema de pensiones. Pese a los datos empíricos, la ultraderecha sigue tirando de demagogia racista. En los foros ultras se imponen mensajes como “iros a vuestro país”, “dejad de robarnos el trabajo” y “gorrones”. Se lanza el bulo de que el migrante se beneficia del Estado de bienestar en detrimento del español nacido aquí, una falacia insostenible con los números en la mano, además de insoportable desde el punto de vista ético y filosófico.
Las residencias de la tercera edad y el cuidado de nuestros mayores dependen esencialmente de personas migrantes. Según La Sexta, si no hubiera inmigrantes en nuestro país en la Residencia Fundación San Jerónimo solo se quedaría un 44 por ciento de la plantilla. Y Sonia Rodríguez, directora y trabajadora social de Soluciona A Coruña, advierte de que los profesionales llegados del extranjero sostienen la empresa: “Somos unas 300 trabajadoras y el porcentaje que tenemos son 90% mujeres extranjeras y 10% mujeres españolas”, asegura.
Los trabajadores extranjeros representan ya el 13,5% del total de trabajadores en España, pero supusieron el 40% de los nuevos contratos de 2024. Y en el sector de las residencias, el déficit es manifiesto. “Sin trabajadores inmigrantes, las residencias de mayores agravarían el problema que ya tienen de búsqueda de personal, según cuentan desde el sector. Un problema acrecentado por una demora en la homologación de títulos”, asegura la cadena privada. Faltan enfermeras, médicos, profesionales sanitarios…
Otro sector fundamental que depende de las personas inmigrantes es el campo. El nacional ya no quiere ese trabajo por su dureza y lo están asumiendo los llegados de otras naciones. Así, los extranjeros representan el 30% de los trabajadores de la agricultura española. Con el agravante de que falta de mano de obra, de forma que la patronal reclama cambios para mejorar la contratación de estas personas y su integración en el mundo rural, de manera que se puedan cubrir todas las necesidades del sector. Cuando pelamos un tomate, una lechuga o una naranja, probablemente ese alimento ha sido recolectado por una persona africana, sudamericana o asiática. La presencia de inmigrantes en el campo se eleva a 227.000 hombres y mujeres. Sin ellos, se perdería buena parte de las cosechas, de modo que se hacen más imprescindibles que nunca. El mejor ejemplo es la recolección de frutos rojos en Huelva, a cargo de las temporeras marroquíes y de otros países. Fue tan agónica la situación que algunos empresarios tuvieron que viajar a Honduras y Ecuador, con urgencia, para reclutar trabajadores y no perder las sucesivas campañas. El Gobierno, consciente de la situación, ha firmado acuerdos con Mauritania, Gambia y Senegal. Pero no será suficiente para solucionar el problema en los próximos años.
Obviamente, son ellos, los inmigrantes quienes más sufren los abusos, la explotación y el precariado. Son carne de cañón en manos de empresarios desalmados que les pagan salarios en ocasiones indecentes y sin el debido contrato con seguridad social. UGT insiste en que es necesario dotar a los sindicatos de las herramientas necesarias para controlar y supervisar que se cumplen las condiciones laborales. Sin inspección no hay derechos humanos.
Otro sector alimentado por la mano de obra extranjera es la hostelería. Cada vez son menos los nacidos en España que están dispuestos a trabajar en bares y restaurantes. No hay camareros: más del 50% de los bares y restaurantes tiene problemas para conseguir empleados. Se estima que faltan por cubrir más 40.000 plazas. Y el sector empieza a ser sostenido por la población asiática, sobre todo procedente de China. Son cientos los bares que han sido traspasados a ciudadanos de aquellos lejanos países y gracias a ellos sigue habiendo locales de restauración abiertos en aquellos barrios de la periferia de nuestras grandes ciudades donde no llegan los turistas. De alguna manera, estos traspasos han ayudado a que no se mueran los barrios más populosos. La situación es muy similar en la construcción. Los albañiles de nuestros andamios hablan idiomas múltiples y diversos. Según los últimos datos del Ministerio de Trabajo y Economía Social, por primera vez en 23 años el número de parados en el sector de la construcción ha bajado de los 200.000. Las bolsas de trabajo están nutridas gracias a ellos. Sin embargo, hay zonas que sufren la escasez de mano de obra. Castellón, por ejemplo. En tiempos de la burbuja había contratadas más de 29.000 personas y con salarios dignos. Hoy el ladrillo emplea a 17.815 obreros (un 38% menos que durante el boom). Estos empleos también son demandados por los inmigrantes.
Según un informe de Funcas, a 1 de octubre de 2024 la población española se situaba en el máximo histórico con 48.946.035 ciudadanos tras incrementarse en 1,5 millones desde el 1 de enero de 2022. Funcas destaca que este crecimiento ha procedido fundamentalmente de la población con nacionalidad extranjera, que ha aportado 1,2 millones de ciudadanos (el 84%), mientras que la población con nacionalidad española ha aumentado en 232.000 personas, por lo que ha elegido este porcentaje como “Dato del año”. La población extranjera ha pasado de representar el 11,6% de la población total al inicio del periodo considerado a suponer el 13,8%. “Esta tendencia es relevante en tanto que ha sostenido el crecimiento de la economía y la creación de empleo, en especial en los sectores más afectados por la escasez de mano de obra”, asegura el informe.
Las cifras resultan apabullantes y hablan por sí solas. La inmigración es el gran motor del crecimiento y el bienestar. Sin ellos, la economía, que hoy crece al 3,2 por ciento, gripa. Todos aquellos que se dejan seducir por los cantos de sirena del racismo de nuevo cuño deberían tenerlo en cuenta a la hora de votar.