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El mes de mayo viene con sequía y no solo de agua

22 de Junio de 2017
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Empieza el mes de mayo, el mes que legendariamente representa el inicio de la floración, la cosecha, el resultado de lo sembrado y, también, de lo trabajado. Es una magnífica coincidencia con la fecha histórica de reivindicación y conmemoración del día 1 de mayo como día Internacional del Trabajo. El derecho al mismo responde no solo a una necesidad vital para el desarrollo de la persona, sino que supone también un requisito imprescindible para el desarrollo del conjunto de la sociedad. No se puede afrontar el desarrollo futuro si no existe un mercado laboral justo, estable y atractivo.
 
Con ocasión de esta celebración escuchamos las reivindicaciones, ya habituales, por parte de los agentes sociales, peticiones que son demandadas por una sociedad que está absolutamente convencida de su necesidad, pero que no las ve trasladadas en forma de nuevas ideas o mensajes. Es más, creo que, desgraciadamente, se habla poco del trabajo y las posibles fórmulas para que crezca en cantidad y calidad y se abusa de la parte política, la más teatral. Algunos representantes políticos utilizan ese escenario del Primero de Mayo para representar su obra, mermándole visibilidad al resto. Es un mal uso del día dedicado a un asunto vital. Ese día, los partidos políticos deberían centrar sus propuestas en medidas que afecten a los trabajadores y a sus representantes y cederles el protagonismo. Ellos tienen muchas más ocasiones para "vender su libro".
 
Nuestros antepasados escrutaban el futuro mirando al cielo aunque no trabajaran o su medio de vida no dependiera directamente de él. El tiempo meteorológico lo marcaba todo. Era su forma de subsistir: un año de sequía significaba una mala cosecha y a partir de ahí todo eran malos augurios. Nosotros miramos al cielo, de forma metafórica, y, cada vez más, esperando a que alguien tenga la o las brillantes ideas que resuelvan nuestros problemas. Pero realmente no sabemos en quién se encarna esa lluvia, quién es capaz de hacerlo. La desconfianza se ha adueñado de nosotros, aunque permanezca la esperanza de que alguien habrá por ahí para arreglar las cosas. Estamos acostumbrados a recibirlas, a que nos las den más o menos hechas, incluso aunque sea mal resueltas. Ya nos encargaremos nosotros de criticarlas en las tertulias con amigos.
 
La lluvia sí, pero las ideas no. Las ideas no vienen del cielo sino de las personas, del trabajo, del esfuerzo, interés y generosidad que le pongamos a ello. Un interés que pasa por educar, formar, pensar e innovar. Pasa por hablar y aportar, por decir y hacer. Esto es harto difícil en una sociedad en la que lo más fácil es ver en una tertulia televisiva a personas, personajillos, que no tiene nada que aportar a la misma y, además, si lo hacen es para mostrar cosas que no tienen ningún valor e incluso son poco edificantes para el resto. El tiempo consumido en ese ocio basura sigue aumentando. Tristemente, debe resultar entretenido.
 
Por eso es tan importante el papel de la comunicación y el conocimiento público de las ideas que cada persona, que cada profesional, pueda desarrollar y, lógicamente, la receptividad por parte de los representantes de los ciudadanos. De ahí que todos los profesionales debamos comunicar a la sociedad nuestras iniciativas. Afortunadamente, en el momento actual tiene múltiples fórmulas para conocerlas y difundirlas. Cuánto se aprende solo con escuchar a los que saben. Como consecuencia, el siguiente paso es dar al ciudadano facilidades para hacerlo, desde manifestar una opinión, a compartir proyectos e iniciativas singulares. Para ello no es suficiente con las fórmulas tradicionales democráticas, sino que hay que avanzar también en modelos políticos más novedosos, como es poder colaborar activamente en decisiones legislativas gracias al "Gobierno abierto" y promover el diálogo y la participación civil. En nuestra tierra estas posibilidades tienen ya un buen trecho avanzado.
 
Es el momento de la sociedad civil. Los representes o dirigentes no son genios ni tienen por qué serlo, pero sí han de ser los receptores y el altavoz de las personas e ideas. En estos momentos hay quienes están demostrando que no existen demasiadas ideas innovadoras, frescas. Los nuevos problemas no se solucionan con viejas soluciones. No valen tácticas como una improvisada moción de censura al gobierno de turno, ni mecanismos simplones como una oficina para un problema tan grave y endémico como es la corrupción. Pasamos de la presentación de una "moción" a la solicitud de una "comisión" y, de ésta, a la "creación de una oficina", y todo ello sin pasar, ni siquiera pensar, en la fórmula más eficaz. Y lo que es más grave, sin pasar por la educación. Esta es la única que nos permite aportar ideas nuevas y, a la vez, tener criterio.
 
El progreso vendrá de muchos lugares, de muchas mentes pensantes y de políticos y representantes que escuchen a la sociedad a la que simbolizan. Si se fomentan, atienden y aprovechan esas ideas, esas semillas, tendremos más y mejores resultados en la futura cosecha.
 
Mientras escribo escucho que la revista ‘Times’ ha publicado recientemente las listas de las personas más influyentes del mundo. En su mayoría se habla de políticos, empresarios, directivos de grandes compañías bancarias, presidentes de grandes medios de comunicación, actores, deportistas de élite, etc. Hay pocas mujeres y solo un español. Aunque, ¡aleluya! Hay otra cara para la esperanza: el influyente español, desconocido para el gran público, es un investigador.
 
Puedo parecer muy utópica, pero no pierdo la esperanza de que tengamos un mayo lluvioso.
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