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Pánico financiero: historia de una estafa cíclica

Desde tiempos remotos, el capitalismo ha sufrido numerosas y constantes crisis económicas provocadas por sus graves contradicciones internas

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análisis

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El ser humano vive en permanente crisis. Crisis política, crisis social, crisis sanitaria, crisis cultural. Y, por supuesto, crisis económica, quizá la primera y más importante de todas, ya que tiene que ver con las cosas del comer y sin pan no hay nada. En los últimos 150 años de dramática odisea capitalista se han producido 14 crisis financieras con sus correspondientes recesiones. La última ha estallado hace solo unos días, con la bancarrota del Silicon Valley Bank, una entidad financiera norteamericana de mediano tamaño cuyo colapso ha terminado por arrastrar a las Bolsas de todo el mundo, desatando un nuevo pánico financiero global. Los continuos y cada vez más frecuentes atracones y vómitos del sistema vienen a demostrar que el neoliberalismo salvaje y sin control es un modelo fracasado que requiere de medidas correctivas urgentes antes de que el Big Crack, el terremoto final o gran apocalipsis del dinero predicho por algunos analistas, se nos lleve a todos por delante.

Crisis y recesión

Para empezar, conviene aclarar qué se entiende por crisis económica. Según escribe el historiador Carlos Marichal en su libro Nueva historia de las grandes crisis financieras, el término bien podría referirse a un severo ajuste en las tendencias del crecimiento económico que puede ser de corta o mediana duración. Si el fenómeno se prolonga durante más de un año, con una caída del Producto Interior Bruto (PIB) de varios puntos porcentuales, puede hablarse de recesión. Si se alarga todavía más, con consecuencias más destructivas, estamos ante una gran depresión.

A Marx le debemos el concepto de “crisis cíclicas”, un término que viene a designar el episodio terminal de cada una de las fases del capitalismo moderno. Según el filósofo de Tréveris, las economías de libre mercado tienen sus momentos de crecimiento y de estancamiento, depresión, hundimiento o recesión. La última fase siempre es la pobreza de las masas desclasadas. De alguna manera, según la interpretación marxista, el capitalismo es como un Leviatán que se da el gran atracón, con reparto de la tarta de beneficios para los opulentos, y que indefectiblemente termina regurgitando y enfermo. Ahora podríamos encontrarnos al comienzo de uno de esos vómitos recurrentes.

Las bases de un sistema corrupto

Quizá la primera gran convulsión económica de la historia ocurrió con la crisis de los tulipanes, un período de euforia especulativa ocurrida en los Países Bajos en los años anteriores a 1637. Al igual que hoy el mecano financiero se viene abajo con los bonos o hipotecas basura, en aquella ocasión el tsunami fue originado por los bulbos de tulipán, cuyo precio alcanzó niveles desorbitados hasta dar lugar a una burbuja económica y a una crisis financiera en toda regla. En general podría decirse que desde que el feudalismo entró en crisis al final de la Edad Media y fue sustituido por la sociedad capitalista en la Edad Moderna, tras la Revolución Francesa, las crisis han sido recurrentes, inevitables. A los cuatro estamentos feudales (pueblo llano, nobleza, clero y monarquía), con sus normas de servidumbre y vasallaje, le siguió un organigrama diferente basado en la lucha de clases, con sus nuevas injusticias.

En el siglo XVIII el economista y filósofo escocés Adam Smith vino a consagrar las leyes del sistema capitalista como los mandamientos de la nueva religión liberal. En La riqueza de las naciones aseguró, a grandes rasgos, que en economía todo –la división del trabajo, el mercado, la moneda, los salarios, los precios y la acumulación de capital mediante los beneficios empresariales– se rige por una especie de gran orden natural que no debe alterarse y donde el Estado jamás debe interferir. Es el capitalismo como sagrado macrocosmos gobernado por una especie de mágica “mano invisible”, trasunto del nuevo dios, en este caso el dios dinero. Hoy sabemos que la ingenua idea smithiana de que el interés individual (la codicia y la ambición inherente a cada sujeto) termina redistribuyendo la riqueza por sí sola, beneficiando al bien común, no fue sino la mayor patraña filosófica que se fabricó jamás. La fortuna de unos pocos siempre se cosecha sobre las espaldas de la mayoría, que terminan pagando los desmanes, abusos e injusticias de los más fuertes y poderosos. Aquel dicho popular de que el pez grande se come al chico se cumple con exactitud pasmosa y en realidad las leyes de la oferta y la demanda acaban siendo sustituidas por la ley de la jungla y el sálvese quien pueda, que en definitiva es lo que es el sistema ultraliberal. El capitalismo indiscriminado y sin freno no hace feliz al hombre, más bien al contrario, lo aliena, lo explota y le arranca de cuajo su condición humana. Si Adam Smith, padre de la economía moderna, levantara hoy la cabeza y viera dónde ha terminado el mundo tras varios siglos de liberalismo explotador y colonialista, probablemente comprobaría lo equivocadas que estaban sus cándidas ideas y postulados sobre la libertad y el reparto automático de la riqueza.

Sin ánimo de ponernos demasiado marxistas, pero teniendo en cuenta que la apropiación de las plusvalías del trabajador a manos del patrón (con la consiguiente desigualdad económica y social generada) constituye el gran cáncer de la humanidad desde tiempos inmemoriales, conviene repasar, aunque sea superficialmente, la cronología de las diferentes crisis económicas que nos han asolado desde la Revolución Industrial. Empezaremos en el siglo XIX, cuando el capitalismo alcanzó cierta madurez, y dejaremos al margen épocas más antiguas. Ahí va el negro listado.

Las primeras convulsiones

El pánico de 1873, derivado de la inflación y la especulación en la industria de los ferrocarriles, ocasionó un grave colapso que desencadenó una profunda depresión en Europa y América del Norte. No hubo que esperar demasiado para el siguiente descalabro. En mayo de 1884, la bancarrota de una correduría, Grant y Ward, causó un desplome generalizado en el mercado de valores de Estados Unidos, afectando severamente la economía norteamericana. Aquella sería una de las crisis más importantes de la historia.

Rozando el final del siglo XIX se desencadenó otro vendaval financiero, una vez más en Estado Unidos, aunque acabó contagiando a Europa: la “contracción del 0,8 por ciento”. Duró cuatro años, desde 1893 a 1897, y acabó generando graves problemas políticos y sociales, ya que dejó tras de sí una tasa de paro superior al 10 por ciento, un nivel de desempleo nunca antes visto. Ya en el siglo XX, en 1907, se desató otro terror en las Bolsas (la “contracción del 3 por ciento”) como consecuencia de la especulación entre compañías fiduciarias, instituciones que competían con los bancos por captar la mayor cantidad de depósitos. Fue tan dura y castigó tanto a las familias (sobre todo a las clases más humildes) que los prebostes de los negocios decidieron acometer una reforma monetaria y la creación de la Reserva Federal, el banco central estadounidense que desde entonces se convertiría en avalista en caso de apuro. El mundo del dinero empezaba a tomar conciencia de su debilidad sistémica.

En 1914 se registró una depresión de gran calibre. Esta vez el crack tuvo que ver con el estallido de la Primera Guerra Mundial, demostrándose la íntima relación entre las crisis económicas y los conflictos bélicos, que a partir de ese momento irían íntimamente unidos. A medida que la guerra se hacía cada vez más inminente, el miedo se apoderó de los mercados de todo el mundo, generándose una nueva catástrofe financiera. A punto de terminar la Primera Guerra Mundial, en 1917, se produjo la “contracción del 4,4 por ciento”, pero sin duda el mayor cataclismo económico de la historia llegó con el Crack del 29, que empezó con el colapso de la Bolsa de Nueva York. El 24 de octubre de ese año estalló lo que para muchos fue el fin del mundo. Los precios de las acciones se desplomaron dramáticamente, grandes imperios y dinastías familiares terminaron en la más absoluta de las miserias y hubo no pocos empresarios, inversores y corredores que, llevados por el pavor, se arrojaron desde los rascacielos de Manhattan. El “Jueves Negro” quedó señalado como una fecha siniestra en el calendario de la historia, no solo de Estados Unidos, sino de la mayoría de los países. Se cerraron miles de fábricas; millones de obreros terminaron en la cola del paro o vagabundeando por las calles; y el hambre campó en todas partes. Legiones de alcohólicos, mafias, gánsteres, prostitutas, enfermos mentales, familias destruidas, niños huérfanos por doquier y una delirante neurosis colectiva formaron parte del desolador paisaje social de aquellos años convulsos formidablemente retratados en Las uvas de la ira, la inmensa novela de John Steinbeck que quedó como símbolo de una época oscura. Hoy, la mayoría de los historiadores creen que aquel crack fue el detonante de un hecho que cambiaría el curso de los acontecimientos: el auge de los fascismos que siempre, de una manera o de otra en tiempos de crisis, acaban emergiendo y sacando rédito del sufrimiento, el malestar y la rabia del pueblo contra sus gobernantes y las élites financieras.

Poco tiempo después, antes de la Segunda Guerra Mundial, llegaría otra recesión, la de 1938. A la crisis de 1945, consecuencia directa de la posguerra, siguió un momento de bonanza y crecimiento constante que tuvo mucho que ver con la implantación del Estado de bienestar. Fue un oasis de cierta tranquilidad que parecía iba a durar eternamente hasta que llegó otro hito negro para el recuerdo: 1973 con los vaivenes del petróleo, la “estanflación” –una combinación de recesión y alta inflación–, y el colapso del sistema a causa del “Nixon shock”, un intento de terminar con la convertibilidad del dólar en oro. El final del siglo XX iba a ser sacudido con un par de torbellinos nada desdeñables: la crisis de 1982 (resaca de la anterior); y la de 1991 (esta vez el desencadenante fue la política monetaria restrictiva promulgada por los bancos centrales en respuesta a la elevada inflación y la pérdida de la confianza de los consumidores y las empresas).

Cambio de siglo

Las aguas volvieron a calmarse y aunque por momentos los atentados del 11S de 2001, con la posterior “guerra contra el terror” del Trío de las Azores, anticiparon una nueva conmoción global, el esperado cataclismo no se produjo hasta 2008. ¿Lo recuerdan? Cómo olvidar un estigma que ha marcado a varias generaciones y que tan fielmente refleja la película El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese. El desastre de Lehman Brothers, las hipotecas subprime (productos financieros basura), la burbuja inmobiliaria que en España desmanteló por completo el sector de la construcción, el hundimiento de un puñado de cajas de ahorro carcomidas de corrupción y una recesión como no se recordaba. De la noche a la mañana la economía mundial se fue a pique como un barquito de papel. Entonces llegaron los grandes gurús de la austeridad, los hombres de negro de la Unión Europea con sus políticas conservadoras de contención del gasto público. Una vez más, la crisis la iban a pagar los de abajo. En España, a Mariano Rajoy no le tembló el pulso. Recortó dinero de Educación y Sanidad y se lo dio a los bancos en un rescate con fondos públicos que más bien fue un regalo que un préstamo. A día de hoy la banca española aún no ha devuelto más de 60.000 millones de euros de todos los españoles. Mientras las entidades financieras volvían a ganar dinero, familias enteras eran desahuciadas de sus casas por no poder pagar las hipotecas y alquileres, la Sanidad se caía a trozos y la escuela pública languidecía. Con la excusa de la crisis, los gobiernos conservadores, con la complicidad de Bruselas, trataron de desmontar el Estado de bienestar, ese modelo de sociedad que tanta paz y prosperidad había dado a Europa en décadas anteriores. Según el Fondo Monetario Internacional, la quiebra de 2008 fue “el colapso económico y financiero más grave desde la Gran Depresión de la década de 1930”.

El zarpazo a las economías nacionales fue brutal. Pero lo peor estaba aún por llegar. En 2019, un pequeño bicho microscópico salido de la localidad china de Wuhan iba a poner el mundo patas arriba de nuevo. La pandemia de coronavirus pronto se propagó por los cinco continentes causando millones de muertes. La humanidad entera se encerró en sus casas y vivió confinada por orden de sus respectivos gobiernos, la economía globalizada se frenó en seco, la producción descendió hasta situarse en niveles propios de los años 60 del pasado siglo y todo el planeta se detuvo por un tiempo. En ese escenario apocalíptico una nueva crisis estaba más que asegurada. En esta ocasión el detonante no fue la codicia en forma de especulación bursátil o bancaria, sino una extraña enfermedad cuyo origen aún no ha sido debidamente aclarado. Pero esta vez las recetas para curar el mal fueron muy distintas a las de 2008. Organismos internacionales como el FMI, el Banco Central Europeo y la OCDE aconsejaron a los gobiernos que no escatimaran a la hora de invertir en gasto público para salir de la grave recesión. Tocaba reflotar la Sanidad, redoblar esfuerzos en prestaciones sociales, poner en marcha medidas como los ERTE y la renta mínima vital. El Gobierno de Pedro Sánchez apostó por ese camino y sus políticas fueron aplaudidas hasta en el Foro de Davos, el gran Sanedrín ultraliberal. Lo nunca visto.

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