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Revisionismo: jugando con la historia

Estamos en la época de la conspiranoia y cada día son más los dispuestos a creer en descabelladas teorías de todo tipo, relatos sin ningún fundamento que corren como la pólvora a través de las redes sociales convertidas en poderosas autopistas del bulo y la desinformación

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análisis

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“La Guerra Civil comenzó en 1934, no en 1936”. Con esta contundente afirmación, pronunciada desde la tribuna del Congreso de los Diputados por el economista y profesor Ramón Tamames, se daba una estocada definitiva a la memoria democrática y se concedía legitimidad a la teoría revisionista impulsada por el populismo ultra de Vox, que pretende alterar la historia y adaptarla a sus intereses políticos. En realidad, la sentencia del polémico catedrático no es más que uno de esos bulos que en los últimos años han sido propalados por intelectuales reaccionarios, escritores conservadores de última hora, historiadores aficionados, tertulianos y rancios periodistas de colmillo retorcido a través de los medios de comunicación de la caverna mediática con un solo y único objetivo: blanquear el franquismo y de paso deslegitimar al Gobierno de izquierdas hasta hacerlo caer.

Hoy, ningún hispanista medianamente serio y con prestigio (español o extranjero) avalará la tesis de Tamames, ni tampoco comprará la fábula delirante de que nuestra más sangrienta contienda civil comenzó dos años antes del golpe de Estado de Franco, con la insurrección popular de Asturias del 34, que en realidad fue un estallido social tras siglos de injusticias y abusos de las clases dominantes. La historiografía moderna ha zanjado la cuestión concluyendo que el desencadenante de nuestra Guerra Civil fue el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 y que ese acontecimiento terminó de un plumazo con los intentos de la Segunda República por modernizar y democratizar el país, abriendo las puertas del infierno. Sin embargo, el revisionismo histórico cala profundamente en la sociedad. No en vano, estamos en la época de la conspiranoia y cada día son más los dispuestos a creer en descabelladas teorías de todo tipo, relatos sin ningún fundamento que corren como la pólvora a través de las redes sociales convertidas en poderosas autopistas del bulo y la desinformación. De alguna manera, y dramáticamente para la humanidad, aquel viejo eslogan de Joseph Goebbels“una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”–, va camino de cumplirse en nuestros días con una eficacia tan aterradora que ni el gran jerarca de la propaganda nazi hubiese podido imaginar.

Pero empecemos definiendo qué es eso del revisionismo histórico. Según la Real Academia de la Lengua, se trata de “la tendencia a someter a revisión metódica doctrinas, interpretaciones o prácticas establecidas con el propósito de actualizarlas y a veces de negarlas”. Lógicamente, cualquier hecho histórico por aceptado que esté entre la comunidad de expertos puede ser objeto de reexamen, pero siempre a la luz de nuevos datos, de testimonios o documentos que ayuden a completar el gran puzle de la verdad. Los procesos históricos llevan su tiempo, a veces están en permanente construcción, y ningún acontecimiento cuenta con una explicación definitiva y para siempre. La ayuda norteamericana a la resistencia antisoviética en Afganistán (financiación con fondos de Washington de los grupos talibanes que tras la expulsión de los rusos se hicieron con el control del país), no se explica de la misma manera antes de los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, que después. El contexto mismo varía la visión del episodio. Van apareciendo nuevos informes, nuevas pruebas, nuevos testimonios que completan la realidad de lo sucedido. Ese sería el aspecto legítimo del revisionismo. Pero no estamos hablando de eso. Hablamos de una corriente heterodoxa de la historia formada, muchas veces, por pseudohistoriadores sin la debida preparación o estudios universitarios. Los más eminentes hispanistas como Gabriel Jackson, Hugh Thomas, Raymond Carr, Paul Preston o Ian Gibson dedicaron buena parte de sus vidas a estudiar, con neutralidad y rigor, el mayor evento bélico de la historia de España (1936-1939). Se desplazaron a los lugares y escenarios de la guerra; consultaron archivos oficiales, depósitos privados y periódicos de la época; analizaron la correspondencia y los escritos de los grandes personajes de aquellos años; y grabaron horas de conversación con los protagonistas, políticos, militares, intelectuales y hombres y mujeres anónimos que muchas veces poseen la más valiosa y preciada información, la de aquel que tuvo contacto, en cuerpo y alma, con los hechos investigados. Algunas de aquellas obras clásicas salieron al mercado tras décadas de laborioso trabajo y acopio de información por parte de sus autores. Sin embargo, hoy cualquier aficionado al tema escribe un libro en menos de un mes, proponiendo las más polémicas, esotéricas y estrafalarias teorías sobre el origen de nuestra contienda civil con una única finalidad: generar el escándalo, dar el gran pelotazo editorial y de paso generar ideología, contribuyendo con su granito de arena a la causa, que no es otra que intentar resucitar el fascismo. De alguna manera, la historia sigue debatiéndose en la eterna pugna entre los positivistas, que creen en la posibilidad de un conocimiento de la verdad, siquiera aproximado, mediante el dato objetivo y la prueba empírica, y los perspectivistas escépticos, que renuncian a él abrazándose a la opinión, a lo subjetivo y a la creencia en el “todo vale”.

Orígenes y expansión del fenómeno

Podría decirse que el revisionismo es un fenómeno tan antiguo como el propio ser humano. A fin de cuentas, la historia la escriben los vencedores, de modo que siempre estará la historia oficial y la historia alternativa, la otra, la escrita por los derrotados. Esta corriente aparece con la filosofía del idealismo alemán (la realidad solo existe como parte de nuestra conciencia), pero podría decirse que el revisionismo, como ejercicio de manipulación política e ideológica, no se convierte en una imparable maquinaria de propaganda hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Casi al final de la contienda, cuando la derrota del Tercer Reich parecía inminente, Heinrich Himmler, jefe de las SS, dio órdenes a los comandantes de los campos de concentración de destruir todos los archivos, hornos crematorios y cualquier indicio del exterminio masivo. Tras el final de la guerra, los célebres juicios de Núremberg sirvieron para sacar a la luz pública las pruebas del Holocausto, acreditadas mediante documentos oficiales, películas, fotografías, declaraciones de detenidos y testimonios de las víctimas. De esta forma quedó demostrado que el régimen de Hitler había puesto en marcha la “Solución Final”, un macabro programa de exterminio a gran escala que acabó con el genocidio de seis millones de judíos en las cámaras de gas. Nunca antes la historia había contado con tanto material probatorio para llegar al fondo de la verdad.

Sin embargo, la versión paralela que negaba el Holocausto empezó a circular desde el mismo momento en que terminaron los juicios de Núremberg. Aunque Alemania puso en marcha un ambicioso programa de desnazificación, enseñando la historia real en las escuelas y destruyendo todo vestigio y monumento en honor al régimen fascista, las leyendas de los nazis que intentaban mantener vivo el legado fascista siguieron transmitiéndose en la clandestinidad y, pasados los duros años de posguerra, llegaron a la calle y otra vez a la ciudadanía. Fue así como se alimentó el relato de que los aliados, inspirados por el sionismo internacional, habían fabricado la engañosa leyenda de los campos de concentración alemanes. A los negacionistas, autores o cómplices del mayor genocidio de la historia, les siguió una estela de revisionistas, pseudoescritores que bajo un pretendido intento de arrojar luz al pasado no hacían otra cosa que perpetuar la memoria totalitaria para resucitar el nazismo en el futuro. Deborah Lipstadt, profesora de Judaísmo Moderno y de Estudios del Holocausto en la Universidad de Emory, escribió que “la selección por parte de los negacionistas del nombre revisionista para describirse a sí mismos es indicativa de su estrategia básica de engaño y distorsión y de su intento de retratarse como historiadores legítimos comprometidos en la práctica tradicional de iluminar el pasado”.

Los nuevos fascistas habían inventado otro sistema de intoxicación y adoctrinamiento de las masas y estaban dispuestos a ponerlo en juego en las décadas siguientes. Si se conseguía rediseñar la historia, convenciendo a la opinión pública y alentando su sensación de incredulidad, la memoria desaparecía y el Holocausto sencillamente jamás había existido.

Detrás de esa reelaboración planificada de la historia no solo hubo proselitistas neonazis. También revisionistas del bando aliado que contribuyeron a empeorar el gran cáncer de la desinformación. El historiador norteamericano Harry Elmer Barnes fue uno de los mayores exponentes del fenómeno revisionista en el lado vencedor. En el período de entreguerras promocionó la idea de que en 1914 Alemania había sido víctima de la agresión aliada y que el Tratado de Versalles fue una gran injusticia. Ya en 1945 defendió descabelladas teorías como que Hitler nunca dio la orden de iniciar la Segunda Guerra Mundial y que el Holocausto judío jamás existió, ocurrencias que, lejos de perder fuerza, han ido ganando adeptos en nuestros días.

David Irving, otro que en aquella primera época causó estragos con sus libros para domingueros de la historia poco exigentes, llega a asegurar que Adolf Hitler no sabía nada del exterminio del pueblo judío. La comunidad científica siempre lo consideró un iluminado con escaso crédito.

Ya en los años sesenta, las ideas revisionistas de Barnes y sus discípulos fueron continuadas por otros como David Hoggan –quien en un libro El mito de los seis millones niega abiertamente el Holocausto–, o el político francés Paul Rassinier, que volvió a poner encima de la mesa la teoría de que el exterminio hebreo fue un bulo promocionado por judíos, soviéticos y aliados. De nada sirvió que agentes del Mossad detuvieran en Argentina a Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del Holocausto, e Israel lo sentara en el banquillo de los acusados para responder por sus horrendos crímenes. Las mentiras neonazis siguieron creciendo como una bola de nieve.

A partir de los años 90 la propaganda revisionista de los nostálgicos se hizo mucho más frecuente e intensa. Algún que otro erudito japonés fanático del imperio nipón derrotado introdujo el bulo histórico en países del Lejano Oriente; los islamistas también aprovecharon el tirón revisionista para atacar a su gran enemigo, Israel; y los emergentes partidos de extrema derecha franceses e italianos empezaron a remover ese filón tratando de captar adeptos. El mismísimo líder del Frente Nacional de Francia, Jean-Marie Le Pen, ha sido condenado por realizar apología de los crímenes del nazismo.

Negación de las masacres nazi y bolchevique

En realidad, tratar de negar el Holocausto es como querer poner puertas al campo. Solo alguien que se resiste a ver o que esté dispuesto a dejarse engañar puede dar la espalda a esa realidad histórica. Existen cientos de documentos escritos, cartas personales de las víctimas, informes oficiales, dosieres, discursos políticos, artículos de periódicos, libros de ideólogos del nazismo y declaraciones judiciales. Además, hay un número ingente de testimonios y relatos de supervivientes (muchos de ellos españoles que lograron escapar de los mataderos nazis como el campo de concentración de Mauthausen) y cientos de imágenes y fotografías. Por si fuera poco, cualquiera que dude o sea escéptico no tiene más que darse una vuelta por Auschwitz, gran símbolo del horror del siglo XX. En aquellos oscuros barracones, rodeado de las botas rotas y los uniformes a rayas de los internos del campo, uno puede sentir la misma sensación de asfixia de quienes fueron gaseados con el maldito Zyklon B.

Al mismo tiempo que surgía el revisionismo histórico para blanquear el nazismo, un fenómeno similar ocurría en el bloque soviético. La Fundación Aleksandr Yákovlev estima que más de 1,6 millones de personas fueron asesinadas en los 427 campos de trabajo forzosos del Gulag entre 1930 y 1956 durante el terror estalinista en los años más duros de la Unión Soviética. Nunca se conocerán las cifras exactas de fallecidos y represaliados, pero se cree que el número total de presos muertos en los centros de internamiento soviéticos de la época pudo superar los cinco millones. El escritor Aleksandr Solzhenitsyn, en su obra Archipiélago Gulag, retrató toda la crueldad del macabro sistema silenciado durante decenios. En la obra monumental, el propio autor relata sus amargas experiencias y las de centenares de víctimas de la barbarie. “En este libro no hay personajes ni hechos imaginarios. Las gentes y los lugares aparecen con sus propios nombres. Cuando se emplean iniciales, ello obedece únicamente a razones de índole personal. Y cuando falta algún nombre, se debe a un fallo de la memoria humana. Aunque todo ocurrió tal como se describe aquí”, relata Solzhenitsyn en una nota a la primera edición.

Pese a la inmensidad de la tragedia, un sector de la izquierda, internacional y también española, sigue negando lo ocurrido. En este caso el revisionismo no solo se lleva a cabo mediante ensayos y libros de ficción, sino que se practica en el día a día, en la vida política, ya que son muchos los líderes que provienen del comunismo que aún rechazan aceptar el genocidio bolchevique. Unos justifican la dictadura estalinista, otros exhiben pins, souvenirs, emblemas y simbología de un régimen totalitario que fue tan terrorista como el propio Tercer Reich. Del silencio se pasa a la exaltación o a la negativa a condenar regímenes manchados de sangre, actualmente en vigor –como Corea del Norte y Cuba–, o ya extintos, solo porque defienden una supuesta ideología marxista que no es tal. Lo estamos viendo estos días cuando, en plena execrable invasión rusa de Ucrania, algunos siguen poniéndose de perfil, o peor aún, se sitúan de lado de Putin, y justifican sin pudor sus crímenes de guerra. En Rusia, la televisión estatal sigue vendiendo las matanzas contra el pueblo ucraniano como “una operación militar para desnazificar el país invadido”. Justificar tales macabros eufemismos supone otra forma de revisionismo histórico, quizá más sutil, aunque tan perniciosa como cualquier otra.

Hay otros muchos ejemplos de burdos revisionismos que tratan de cambiar el pasado a golpe de mentiras. En Argentina, por ejemplo, esta práctica pseudo historiográfica ha servido para absolver al peronismo y posteriormente para tratar de ocultar los crímenes de la dictadura militar con sus miles de represaliados desaparecidos. En Turquía, la mayoría de historiadores aún niega las masacres cometidas por el Estado otomano contra el pueblo armenio. En Estados Unidos, un nada desdeñable grupo de supuestos intelectuales ha dado cobertura a la campaña política de Donald Trump con una reinterpretación de su guerra civil (1861-1865) hasta justificar la esclavitud de la población afroamericana. Y mientras en Italia los escribanos de Georgia Meloni recuperan la figura de Benito Mussolini –al que ahora pintan como un gran hombre que sacó al país del atraso, insuflándole un nuevo espíritu nacional–, en Francia el clan Le Pen reivindica el papel del mariscal Pétain, jefe del Gobierno de Vichy, títere y gran colaboracionista de los nazis durante los años de la ocupación. El revisionismo histórico no conoce de tiempos ni fronteras y si en China el régimen de Xi Jinping y sus propagandistas siguen negando la hambruna del “Salto Adelante” de Mao –en el que hasta 43 millones de personas murieron de hambre–, en Camboya se oculta el gran genocidio de los Jemeres Rojos.

El mecanismo de la mentira

Para el filósofo, historiador y profesor universitario Hayden White, pionero en el estudio de la fabricación de relatos en un contexto posmodernista, “las narrativas históricas son ficciones verbales, cuyo contenido es tan inventado como averiguado y cuya forma tiene más relación con sus equivalentes literarios que con los científicos”. Bien pero, ¿cómo se llega a adulterar la historia hasta cambiarla por completo, construir una versión B que sea digerible por el gran público y utilizarla como arma de confrontación política? ¿Qué técnicas de manipulación emplea el revisionista? El gran escritor Thomas Mann, en su novela Doktor Faustus, publicada en 1947, escribe sobre la reconstrucción del pasado: “El mito popular o, mejor dicho, el mito fabricado a la medida de la masa, la fábula, el desvarío, la divagación como futuros vehículos de la acción política –tal era la brutal y revolucionaria profecía del libro de Sorel–. Fábulas, desvaríos, divagaciones que, para ser fructíferas y creadoras, no necesitaban tener nada con la verdad, la razón o la ciencia”. En definitiva, como dijo Walter Benjamin, articular el hecho histórico no significa reconocerlo “tal como propiamente ha sido”, sino “apoderarse de un recuerdo que relampaguea en el instante de un peligro”. Por eso es tan importante hacer memoria una y otra vez, para evitar que algunos oportunistas desalmados se apropien de ese instante difuso y lo alteren, moldeándolo a su antojo.

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