Sánchez sale derrotado de su batalla contra Felipe González

22 de Octubre de 2021
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Pedro Sánchez y Felipe González se abrazan en el 40 Congreso federal.

Cuando ya todo el mundo lo daba por superado, por jubilado y poco menos que jarrón chino, Felipe González ha vuelto a convertirse en eje principal del socialismo español. Felipe forma parte del mobiliario del PSOE y no es que siempre vuelva, es que siempre está ahí. El congreso de las paellas del pasado fin de semana sirvió para escenificar la supuesta unidad del partido, que quedó aparentemente sellada con aquel forzado abrazo entre Pedro Sánchez y Felipe González (más bien abrazo del oso con trampa). En ese efusivo estrujón atrapado en el ámbar de la fotografía para la posteridad está la auténtica verdad del partido, que no es otra que la necesidad de proyectar una imagen de camaradería que no existe.

La foto nos muestra a dos hombres hasta hoy enfrentados firmando la paz como amigos de toda la vida. Uno abrazando por miedo o por simple instinto de supervivencia (Sánchez); el otro por puro ego, narcisismo otoñal o “pormihuevismo”, ese divertido palabro que ya está en la calle para definir la conducta de todo político o gobernante caudillista que trata de hacer ley de su santa voluntad. Es evidente que de ese abrazo presuntamente fraternal, esencia del 40 Congreso valenciano, sale un ganador y un derrotado. A fin de cuentas, en ciertos tipos de amor hay un ejercicio de dominación y en este caso el dominante ha sido el viejo macho alfa mientras la posición de dominado o sumiso ha quedado para el joven, o sea el otro. O dicho de una manera más técnica o sesuda: Felipe ha terminado imponiendo sus tesis políticas.   

Sánchez queda como perdedor porque ha tenido que claudicar ante sus críticos y detractores, toda esa gente que le odiaba y le ninguneaba y quería acabar con él. No había más que ver con qué tranquilidad entró Susana Díaz al Congreso Federal. En otras circunstancias la faraona andaluza ni siquiera se hubiese atrevido a abrir el pico porque el sanchismo se la tenía jurada desde que en plenas primarias le dijo a Sánchez, con displicencia y tratándolo como si fuese un youtuber sin estudios: “Tu problema eres tú, Pedro. La gente que ha trabajado contigo no se fía de ti”. Sin embargo, en esta ocasión la expresidenta de Andalucía hasta se permitió pararse con los periodistas, en un masivo corrillo o canutazo a las puertas de la Feria de Muestras, y despacharse a gusto con digresiones politológicas e insinuaciones críticas de todo tipo. Normal, se sentía respaldada, segura, cubierta por el gran patriarca Felipe (y también por Zapatero, todo hay que decirlo). Así cualquiera.

Otro dato que nos lleva a concluir que de esta batalla salen triunfantes y losers: el propio discurso del hombre que dirigió los destinos de España entre 1982 y 1996. “El presidente y secretario general sabe que estoy disponible, que digo lo que pienso y pienso lo que digo, y sabe que no interfiero”, aseguró Felipe. En cierto modo, lo que venía a decirle al interfecto (decimos lo de interfecto en el sentido de persona de la que se está hablando, no de muerto político por una acción violenta, aunque todo llegará) es que él, como fundador del Régimen del 78, siempre ha ocupado una posición de superioridad moral, mientras que Sánchez está de paso como un chico de los recados. González le ha dejado claro que él siempre ha estado en los altares de la izquierda con su socialdemocracia de bazar todo a cien, su piquito de oro y su pragmatismo según lo que vaya ordenando Bruselas, mientras que el jefe de ahora es uno más. Aquella frase que soltó en El Hormiguero de Pablo Motos –“me siento huérfano de representación”– quedó para la antología del menosprecio al sanchismo. No hace falta decir más.

Es cierto que en su discurso congresual Felipe se mostró más cariñoso que de costumbre (entendiéndose por cariñoso que no soltó ninguna maldad o exabrupto de los suyos, que eso ya es mucho) y hasta le dijo a su secretario general que seguirá siendo “leal” al partido. Pero todo fue pura pose. En cuanto entre en algún plató de tertulianos se pondrá a rajar como de costumbre y hasta ahí llegó la unidad. En algún momento del sermón ya le dejó caer a un enmudecido Sánchez que él va a seguir siendo crítico, vamos que no lo van a callar ni debajo del agua. Ahí algunos creímos escuchar, en algún lugar en el interior de nuestras cabezas, la banda sonora de Bernard Herrmann para Psicosis, con el presidente del Gobierno dentro de la bañera en el papel de Janet Leigh y Felipe en plan Norman Bates blandiendo el mortal cuchillo.

Todo lo cual nos lleva a preguntarnos, una vez más, por qué Sánchez ha decidido recorrer el camino a la inversa hasta un mortal retorno al pasado (o sea, hacia el felipismo ancestral), por qué ha desandado el camino cuando por fin había matado al padre, liberándose de un lastre histórico que en su día hundió al PSOE y abrió las puertas del poder a Aznar. El felipismo es el franquismo del PSOE y ya hemos dicho aquí otras veces que FG es una mala costumbre de los socialistas como en su día el Caudillo lo fue para los españoles. A Franco Risto Mejide le está haciendo el psicoanálisis sexual en la televisión que no se había hecho en más de cuarenta años de democracia y ha llegado a la conclusión de que el dictador podía ser unitesticular, impotente y gay. Por un momento parecía que el PSOE joven de hoy también había tumbado en el diván a Felipe para librar al partido del fantasma de los GAL, del pertinaz juancarlismo, del entreguismo a la OTAN, de las feroces reconversiones industriales, de la venta del país a la banca y los petrodólares y otras cosas feas. Pero por lo visto no. Sánchez no ha sabido o no ha querido poner sus santos dídimos encima de la mesa para enfrentarse a la sospechosa equis del socialismo. Ahora solo cabe preguntarse: ¿quién demonios manda en este PSOE?

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