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Tensión máxima en Moldavia

Moldavia, enclavada entre Rumania y Ucrania y sujeta a las presiones de Rusia desde la ocupada Transnistria, atraviesa un periodo realmente incierto y difícil

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análisis

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La presidenta de la República de Moldavia, la proeuropea Maia Sandu, aseguró hace apenas unas semanas que Rusia tenía planes para perpetrar un golpe de Estado en su país, según informaciones que habría recibido de los servicios secretos ucranios informando de una conjura rusa para perpetrarlo. No sería la primera vez que Rusia ha tratado de desestabilizar Moldavia, país al que ocupa la región de Transnistria, y que siempre ha estado en el punto de mira de Vladimir Putin.

En 1991, nada producirse la implosión de la extinta Unión Soviética, Moldavia declaró su independencia  y los retos y desafíos que había sobre la mesa eran inmensos, sobre todo de índole política, para conducir el país hacia la democracia tras décadas de “socialismo real”, y también económicos y geoestratégicos. Siendo un país hermano a Rumania, con quien comparte lengua, cultura e historia, las pretensiones de proceder a una rápida anexión con los rumanos se vieron frenados por la triste realidad y por la oposición de Moscú. Con apenas 2,6 millones de habitantes y 33.000 kilómetros cuadrados de territorio, Moldavia era una pieza todavía muy endeble en la nueva arquitectura europea que nacía tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética.

Rusia, consciente de que Moldavia podría iniciar a través de un proceso de integración con Rumania el temido acercamiento a la OTAN y a la Unión Europea (UE), provocó el alzamiento en armas de la minoría rusa de Transnistria, una región a modo de sándwich entre Moldavia y Ucrania pero territorio moldavo por décadas, y comenzó una larga guerra civil todavía no concluida. Los transnistrios alzados en armas con el apoyo del XIV Ejército ruso se atrincheraron en la región hasta el día de hoy y proclamaron su independencia bajo la égida de Moscú, aunque nunca fue reconocida internacionalmente por nadie excepto Rusia.

En total, en la cruenta contienda, entre 1991 y 1992, hubo unas veinte mil víctimas entre ambos bandos y todas las tentativas por resolver pacíficamente el embrollo han fracasado, en parte porque Moscú torpedea las mismas y pretende seguir ejerciendo su influencia en esta región estratégica, sobre todo si un día Moldavia, tal como ha expresado, pretende ingresar en la OTAN y en la UE. Transnistria ocupa más de 4.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 13% del territorio de Moldavia.

Ahora, tras el ataque de Rusia a Ucrania, el 24 de febrero de 2022, Moldavia está en el ojo del huracán. Aparte de la crisis migratoria provocada por la guerra, la situación económica es catastrófica, las tensiones políticas en la escena política entre prorrusos y proeuropeístas están al orden del día y el temor a verse envueltos en la guerra ucrania quita el sueño a miles de moldavos.

A este cuadro realmente adverso y complejo, hay que añadirle el temor a que las tropas rusas no se detuvieran en su ofensiva sobre el mar Negro en Ucrania y que, una vez conseguidos sus objetivos militares en esta región, prosiguieran hacia Chisinau o intentaran unir la base territorial ocupada en este país con la Transnistria ocupada, una tesis nada descabellada si tenemos en cuenta que la distancia entre Odesa y la capital transnistria, Tiraspol, son apenas 119 kilómetros.

Acusaciones entre Moldavia y Rusia

Moldavia, en esta situación tan tensa y muy afectada por la guerra en todos los sentidos dada la cercanía con Ucrania, ha tratado de mantener una cierta neutralidad y evitar las provocaciones rusas, pero en los últimos tiempos ha dado un giro radical a su política exterior y ha mostrado su interés por alejarse de la influencia rusa, algo no siempre fácil en un país que vive en un permanente equilibrio entre las fuerzas abiertamente prorrusas, socialistas y comunistas, principalmente, y los partidos y movimientos más europeístas, que gobiernan el país y ahora son mayoritarios. 

En este complejo ejercicio entre ambos polos, Rusia trató de crear fisuras y provocó una crisis energética en el país con el fin de generar el malestar entre la población, provocar protestas contra el gobierno y, en definitiva, sembrar el caos y la inestabilidad para desacreditar a los europeístas. Sin embargo, Moscú fracasó en su plan y Moldavia siguió adelante en su proceso de acercamiento a la UE y la OTAN, contando en el mismo con el apoyo de los Estados Unidos y casi todos los Estados europeos, incluyendo España, cuyo presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, visitó Chisinau, en junio del año pasado, para mostrarle a sus pares moldavos todo su apoyo en este camino.

Pedro Sánchez y Maia Sandu

Ahora, Rusia sin embargo ha ido mucho más allá de las interferencias políticas y la escalada dialéctica contra la dirigencia moldava, sino que preparaba una operación militar de amplio calado que incluso pretendía un cambio político en Chisinau por la vía militar. Según la presidenta moldava, el intento de desestabilización contemplaba el ataque contra edificios estatales y la toma de rehenes usando elementos “subversivos, con entrenamiento militar, camuflados de civiles, que emprenderían acciones violentas”. 

El plan, según la información suministrada por los servicios secretos de Ucrania, consistía en utilizar a ciudadanos de Bielorrusia, Serbia y Montenegro, con entrenamiento militar, para cometer acciones violentas pretendiendo ser manifestantes y subvertir el orden constitucional. Y el objetivo final de esas “acciones violentas disfrazadas de protestas por parte de la llamada oposición” sería “forzar el cambio de poder en Chisinau”, acusaba la máxima mandataria moldava. Estas acusaciones han elevado la tensión entre el gobierno moldavo, conformado por europeístas abiertamente defensores de la integración del país en la UE y la OTAN, y el bloque opositor.

Rusia, por su parte, ha negado las acusaciones, por boca de la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, y las ha tachado de “gratuitas” y sin fundamento. Para Rusia, el asunto es una clara interferencia de Ucrania en la vida política de Moldavia y el supuesto plan es una invención de Kiev para implicar a este país en la guerra ucrania. Zajárova cree que Kiev desea “implicar a Chisinau en una dura confrontación con Rusia”, al tiempo que Moldavia aprovecha esa “información falsa” para “alimentar el mito de la amenaza rusa; distraer a los ciudadanos moldavos de los problemas internos, causados ante todo por el fracaso de la política socioeconómica de la actual Administración; y para fortalecer la lucha contra la disidencia y los oponentes políticos”.

Moldavia, enclavada entre Rumania y Ucrania y sujeta a las presiones de Rusia desde la ocupada Transnistria, atraviesa un periodo realmente incierto y difícil. A la grave crisis social y económica que padece desde hace años, que le han llevado a ser uno de los países más pobres de Europa, se le ha venido a unir la crisis de Ucrania y ha tenido que soportar, con escasos medios e infraestructuras, la llegada de casi 800.000 refugiados ucranios, una cifra descomunal si tenemos en cuenta la población del país. Pese a que todavía no ha habido protestas contra el ejecutivo  en las ciudades moldavas, la calma chicha se siente en el país y las autoridades recientemente cerraron su espacio aéreo sin dar muchas explicaciones. La tensión, con la guerra de Ucrania como telón de fondo, es evidente y la presencia de fuerzas rusas en Transnistria -se habla de un contingente de más de 2.000 hombres- no hace presagiar el final del largo contencioso transnistrio, sino más bien lo contrario. Las espadas siguen en alto.

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