El último delirio ultra: agricultores españoles votando a los que quieren volcar sus camiones

03 de Junio de 2024
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“Más muros y menos moros”, vomita Santiago Abascal en Murcia. El tono más radical y agresivo trufa cada mitin del líder de la extrema derecha española en esta triste campaña electoral en la que se debate, ni más ni menos, que el futuro de la Unión Europea, que podría ser liquidada tal como la conocemos en la actualidad. Aquel sueño de prosperidad, paz e integración racial puede ser sustituido por los discursos del odio que gente como el líder de Vox propalan cada día hasta en el último rincón del viejo continente. En FranciaLe Pen, Meloni en Italia, André Ventura en Portugal. En todas partes un ultra echando espumarajos por la boca y dispuesto a acabar con la democracia.

Machismo, xenofobia y odio a la izquierda. Con ese simplificado programa electoral van a subir como las burbujas del champán los nostálgicos de los autoritarismos europeos. Las amenazas del vasco aprendiz de caudillo ponen los pelos de punta. “Poco les decimos y poco hacemos”, dice sobre el colectivo de inmigrantes. “Que no se atrevan a continuar avanzando porque nos van a encontrar enfrente, físicamente si es necesario”, espeta contra la izquierda emulando a José Antonio. “Después no vengan ustedes lloriqueando”, suelta tirando de guerracivilismo. Las mismas palabras falangistas de antaño, el mismo discurso recio y violento de siempre. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios; una de las dos Españas ha de helarte el corazón, decía Machado.

¿Qué puede cambiar si la extrema derecha se hace con los resortes del poder en Bruselas? Todo. Por ejemplo, la política agraria europea, que tanto critican las gentes del agro. Los agricultores y ganaderos, intoxicados ya por los bulos de Abascal, han terminado creyéndose que un retorno a las fronteras nacionales, recuperando soberanía para que todo se decida en Madrid, les daría un respiro en su difícil batalla contra el cambio climático, contra el sistema de cuotas, contra la dictadura de los intermediarios y la competencia desleal de los productos africanos, asiáticos y sudamericanos. No es cierto. Volver a la autarquía económica y agrícola, tal como hizo Franco tras la Guerra Civil, sería una catástrofe para el sector primario español. El descalabro del Brexit al lado de tamaño disparate sería un juego de niños.

En un mundo globalizado como el de hoy, el que se encierra en sí mismo lo paga caro. Para muestra aquellos iluminados populistas del partido conservador inglés que lograron convencer a los británicos de que cerrando mercados vivirían mejor, la riqueza fluiría a espuertas y la libra esterlina se pondría por las nubes. A las dos semanas, la realidad se impuso en toda su crudeza. Era más fácil encontrar una aguja en el pajar humano de Piccadilly Circus que una lechuga en un centro comercial. Aquella lechuga derrotó a la nueva dama de hierro, Liz Truss, que acabó en dama de cera derretida por el calor de sus propias mentiras. En quince días, los datos acabaron con la demagogia barata y el discurso mendaz de que un Reino Unido más autónomo y nacionalista volvería a brillar como aquel país victoriano que dominaba con poderío total los Siete Mares, God Save The Queen. Todos aquellos cuentos de paletos envueltos en la bandera quedaron atrás y hoy, cuando Sunak pierde el trasero adelantando elecciones para frenar el descalabro anunciado, los laboristas contrarios al Brexit adelantan a los tories en veinte o treinta puntos, según el grado de hambre y cabreo que tenga el inglés estafado en la encuesta de la BBC del día.

Los mismos cantos de sirena antieuropeos suenan en esta campaña electoral. Abascal ha planificado una supuesta estrategia consistente en hacer frente común con el neonazismo posmoderno francés, italiano y alemán. En realidad, es el mismo gesto humillante del españolito pobre y acomplejado de posguerra que mendigaba la leche en polvo de los países ricos. ¿Pero ha explicado Abascal el programa político de Le Pen a los agricultores andaluces, extremeños y murcianos? ¿Se ha leído el proyecto con las propuestas para una agricultura de trueque medieval? Si no se lee ni el suyo, que se lo da por escrito Buxadé cada mañana, ¿cómo va a interesarse por lo que dicen los programas europeos en inglés, un idioma que no domina? Qué pereza. Gabriel Rufián tiene muy calado al líder de la extrema derecha ibérica: “Con tal de no trabajar, se apunta a un bombardeo”, le dijo con finísima ironía tras la infame foto del presidente de Vox haciéndole ojitos al carnicero Netantayu en Jerusalén.

De modo que de los guionistas de la película Autónomos que se creen empresarios y terminan desclasados y votando al que les roba llega otra burda manipulación, la del sufrido jornalero. Nuestros agricultores, nuestros productores de alimentos que nos llevamos cada día a la boca, sin duda maltratados por años de abandono (tanto del PSOE como del PP), deberían saber que la aria francesa de Rassemblement National propone cositas como prohibir drásticamente las exportaciones agrícolas españolas en una suerte de racismo campesino intolerable. O sea, camionico murciano que pase por la frontera gala, camionico al suelo. Miles y miles de toneladas de fresones, pimientos y tomates frescos a tomar por bul, por reivindicar el caló, ahora que los gitanos vuelven a estar amenazados y perseguidos por el neonazismo posmoderno. Esa es la política real que propone toda esta gente, ese es el futuro que nos ofrecen y que nos espera. La guerra de todos contra todos, la guerra de las banderas como en las añejas batallas del imperio austrohúngaro, las guerras de siempre entre europeos, también entre honrados agricultores que solo buscan ganarse la vida. Si no existiera la UE, habría que inventarla precisamente para estas cuestiones, para negociar la balanza comercial, para dialogar precios y cosechas, para terminar la transacción con un acuerdo, con un contrato y un apretón de manos entre sindicatos europeos y no con una barricada de fuego en la 340 o la AP7. Lo demás es la ley de la selva. Y allí no se plantan coliflores. El bicho más grande se come al chico.

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